Fallout Forever


Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Ir abajo

Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  SpeedMetalPunch el Miér 25 Mayo 2016, 22:51

¨vt¨
Prologo


Y así es como el trotamundos solitario  se aventuró a abandonar el refugio 101, para tratar de descubrir el destino de un padre, que en su día sacrificó el futuro de la humanidad para salvar a su único vástago.

Yermo Capital resultó ser un lugar cruel e inhóspito, pero el trotamundos solitario no se dejó vencer por los vicios que se habían cobrado tantas víctimas.

Los valores heredados por su padre: desinterés, compasión, honor… guiaron su noble alma en innumerables pruebas y triunfos.
Fue al final de su noble camino cuando el trotamundos solitario comprendió el verdadero significado de la mayor de las virtudes, el sacrificio.

Por suerte, cuando el siniestro presidente escogió a nuestro héroe como instrumento de aniquilación, el trotamundos se negó. La humanidad, pese a sus muchas caras, merecía ser protegida.

Las aguas de la vida fluyeron, libres y puras, para todos y cada uno; por fin Yermo Capital estaba a salvo.

Pero la historia de la humanidad nunca terminará, pues la lucha por la supervivencia es una guerra sin fin, y la guerra… la guerra no cambia nunca.

*****

Habían pasado ya tres semanas desde la destrucción de la Plataforma B.A., el último bastión de resistencia que ofreció el Enclave en Yermo Capital. Tras muchos halagos y fiestas en honor a su nuevo salvador, los caballeros de la Hermandad del Acero  pidieron por moción popular y bajo órdenes de la Centinela Sarah Lyons que el misterioso aventurero salido del Refugio 101 fuese proclamado Paladín y así agradecerle todos los esfuerzos realizados en nombre del Elder Lyons y de su victoria.

Los lunes el joven vagaba por Yermo Capital  vistiendo una Servoarmadura  y resguardado con un rifle de plasma modificado por uno de los Escribas de la Hermandad, pudiendo así atravesar la dura piel de los supermutantes que dominaban el centro de las ruinas de Washington D.C.

Los martes visitaba el Museo de Historia, donde se hospedaba su buen amigo Fawkes, quien le ayudó a escapar de Raven Rock  una vez. Fawkes  era un supermutante más a ojos de muchos, pero para el trotamundos solitario era algo más, casi como alguien de quien fiarse con auténtica seguridad.

Los miércoles visitaba Megatón , manteniendo largas charlas con Moira Brown sobre la guía de supervivencia que habían llevado a cabo; ella siempre le decía que pronto la tendría escrita pero él la molestaba diciendo que a este paso volverían a caer las bombas nucleares.
Todos los días, al ponerse el sol, se adentraba en la cueva que guardaba al Refugio 101 ; desde que Amata le había vetado la entrada y se había convertido en supervisora, lo visitaba todos los días y se quedaba mirando la enorme puerta de metal con el número grabado en amarillo, recordando tiempos mejores.

Su vida era, en definitiva, una rutina asquerosa. Su padre había muerto, y parte de la Hermandad seguía viéndolo como un enchufado, ya que había entrado en la tropa de Lyons  de rebote.

Ya escasas veces salían de misión contra los supermutantes, pues todos los esfuerzos de la Hermandad estaban centrados en reconstruir a Liberty Prime , y los escribas, sobre todo Rothchild, se negaban a «combatir a fuerzas inferiores de una manera tan primaria cuando podrían erradicar el problema con el enorme robot», según palabras textuales del hombrecillo.

En muchos de sus paseos por La Ciudadela, el trotamundos solitario veía los tonteos que la Centinela Lyons se traía con el Capitán Caballero Gallows. Todas las noches ambos dormían en los mismos barracones a solas, por expresa petición de la mujer, y se levantaban bastante tarde, tanto que rara vez llegaban al toque de bocina del alba.

Pero eso no le importaba al trotamundos solitario; él no era muy romántico, y tampoco le atraía Sarah, así que todo estaba correcto.
Todo el mundo se refería a él como Paladín  Solitario. A menudo, en muchos de sus paseos por el patio de La Ciudadela, escuchaba por donde pasaba cuchicheos entre los iniciados  acerca de sus muchísimas hazañas logradas, así como del duro camino que había recorrido para llegar hasta donde estaba.

Cuando el tiempo se lo permitía, visitaba el monumento a Jefferson, donde estaba ubicado el Proyecto Pureza . Allí, los científicos habían hecho avances significativos y colocado una placa en honor a James, el padre del trotamundos solitario y principal responsable de que el proyecto de limpieza de las aguas se llevase a cabo.

Muchas veces se preguntaba cómo le iría a Amata  como nueva supervisora. Aunque le había dolido mucho el tener que irse para siempre del que durante diecinueve años había sido su hogar, el trotamundos comprendía que, como nueva líder, tenía que tomar las mejores decisiones para su gente. Rara vez se le veía sonreír, pero cuando lo hacía, era porque pensaba en su infancia y en Amata.
En su Pipboy 3000  siempre estaba sintonizada la emisora de Three Dog : Radio Galaxia . La música clásica sonaba combinada con la carismática voz del pinchadiscos afroamericano ofreciendo las últimas noticias del Yermo a todos sus fieles oyentes, que no eran pocos.
Three Dog era amigo del trotamundos solitario, y muchas veces narraba las aventuras de este, así como las de la Hermandad del Acero. Los sábados ambos quedaban en el edificio de Radio Galaxia para hablar un rato.

A las doce de la mañana de cada día los paladines y caballeros de la hermandad se reunían en el patio de La Ciudadela para dar un pequeño discurso a los iniciados sobre la importancia del juramento al que los miembros de la prestigiosa orden estaban sometidos. Según palabras de la Capitana Caballero Dusk  «nadie que se iniciase lograría servir del todo a la legión si rompía la promesa establecida.»

Rara vez, el trotamundos se encontraba con Butch DeLoria  en Rivet City; él le contaba todo sobre el refugio: las novedades, las bajas, los nacimientos… A pesar de haber pasado unos años muy fríos con Butch, ahora ambos se consideraban hombres hechos y derechos y, por lo tanto, amigos.

En sus ratos libres jugaba con Albóndiga  y lo sacaba a pasear, siempre con cuidado de no llevarlo por ningún camino peligroso o que pudiese albergar enemigos, ya que no quería perderlo de ninguna de las maneras; era un fiel amigo.

Todas las noches se quedaba embobado mirando la foto que guardaba encima de su escritorio, donde salía su padre y él cuando era pequeño, recordando el día de su décimo cumpleaños en el Refugio.

Todos los domingos el trotamundos era enviado a recoger información a los refugios del área de D.C., esperando conseguir tecnologías necesarias para la Hermandad como un G.E.C.K.  o algún elemento útil que pudiesen utilizar en su avance como principal asociación. Casi siempre era acompañado por un caballero o, en ocasiones de riesgo máximo, como la del Refugio 87 ,  por la Paladín Estrella Cross .

De vez en cuando se sentaba a observar el comportamiento de sus compañeros, sin más. Embobado, veía pasar a muchos caballeros y paladines por delante suya y se imaginaba sus historias: cómo habrían sobrevivido al mundo radiactivo, sus infancias, la cantidad de muertos que habrán visto…

Muchos de los caballeros se acercaban e intentaban gozar de la compañía del Paladín Solitario, como ellos lo llamaban, ya que querían irradiarse de sus aventuras e influencia. Sarah Lyons tenía muchísima confianza en aquel hombre salido del Refugio 101, ya que había puesto su vida en riesgo varias ocasiones por el bien tanto de la humanidad como de la Hermandad del Acero. Otros, como era el caso de la Capitana Caballero Durga, a pesar del arduo servicio puesto en práctica del trotamundos, guardaban recelo hacia su persona. Las razones de la repulsión eran más bien por falta de confianza, ya que «no podían fiarse de alguien cuyo nombre desconocían.»
Pasó el tiempo y el trotamundos cumplió los veinticinco años. Con seis años de servicio ininterrumpido a la Hermandad del Acero fue incluido en los archivos honoríficos de la orden, guardando así un lugar en la futura historia.

Papá ya no estaba, y nadie podía defenderle de los malhechores. Ahora, convertido en Paladín, era respetado por los suyos y temido por sus enemigos, haciéndolos huir en cuanto estos veían el relucir plata del acero de su servoarmadura.

Esa no era la vida que el trotamundos solitario había deseado, pero, para bien o para mal, era la vida que le había tocado.










¨vt¨
Capítulo I: Destino incierto


La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy.

Séneca; filósofo latino.


*****

El trotamundos se despertó sudoroso y asustado; la pesadilla se repetía de nuevo.

Todas las noches soñaba con la muerte de su padre en el purificador . Un sacrificio necesario, pero injusto en toda regla.

—Joder…

Los rayos del sol se filtraban a través de una ventana abierta de par en par, ya que no tenía vidrio. Quedaban escasos minutos para el toque de bocina por el cual los caballeros y paladines tenían que estar en el patio de La Ciudadela y el trotamundos no se había ni levantado.

Con pasotismo salió de entre las sábanas y vistió su servoarmadura para luego dirigirse a la cafetería, donde cogió una Nuka Cola  de la nevera para quitarse la pesadez de encima, pues esa noche había dormido poco.

Salió del lugar frotándose los ojos cuando vio abandonar el barracón reservado para la Centinela Lyons al Capitán Caballero Gallows sin pantalones. El encuentro entre ambos fue bastante incómodo, pues se suponía que el hombre y la mujer debían pasar inadvertidos, ya que las relaciones entre “hermanos” no estaban muy bien vistas.

—Hace calor.

—Ya, seguro que la Centinela opina lo mismo.

Con una mirada cínica, Gallows volvió dentro y el trotamundos solitario prosiguió su camino. Para cuando llegó al patio todo el mundo formaba con las armas al hombro y esperando el discurso matutino de su gran líder.

Sin ninguna prisa, el joven se situó en su posición correspondiente junto con los demás paladines, detrás del Elder, mientras que los caballeros e iniciados formaban frente a él.

Unos diez minutos después llegaba Gallows, que ya se había perdido una buena parte del discurso. Para cuando llegó la Centinela Lyons ya no había nadie más que iniciados en el patio, haciendo sus pruebas de tiro.

La vida en La Ciudadela se hacía muy monótona y aburrida. La acción había bajado en picado desde la desaparición del Enclave. Los expertos tiradores no hacían otra cosa que no fuese pasear de arriba abajo por el complejo fortificado de la Hermandad.

El trotamundos solitario estaba sentado en su escritorio mirando embobado de nuevo la foto en la que salía con su padre. Fue una voz femenina la que lo sacó de su letargo.

—Oye…

El joven se dio la vuelta y se encontró allí a la Capitana Caballero Dusk, que reclamaba su presencia.

—Ah, eres tú, dime.

A pesar de ser reconocido como tal en los documentos de la orden, poca gente lo llamaba Paladín Solitario. Por alguna razón, ese era un nombre que causaba desconfianza entre los miembros de la Hermandad del Acero.

—La doctora Li  te ha enviado esta carta desde Rivet City.

—Oh, bien, fantástico. Muchas gracias, Dusk.

Con un gesto amable, la mujer se retiró de las estancias de su compañero, dejándolo a solas con su carta.

«Hola, querido.

Primero de todo quería comentarte que hace tiempo que no te veo, y me gustaría tomarme un café en tu compañía, ya que los Escribas  a los que les pregunto sobre ti me dicen que la información sobre algún miembro de la Hermandad está restringida para los civiles, ¡pero si fui yo la que les di acceso al Proyecto Pureza! No me lo puedo creer.

Por suerte uno de los novatos que defienden las instalaciones accedió a traerte esta nota, espero que no se meta en líos por mi culpa.

Referente al Proyecto Pureza: todo va muy bien, ya casi hemos conseguido eliminar los rastros de radiación de los ríos. Pronto la gente corriente podrá beber agua sin matarse o pagar doscientas chapas  por una botella purificada.

Cada día que pasa vienen más habitantes del Yermo a pedirnos agua, a veces no damos a basto. El trabajo es muy duro, pero ver los rostros felices de los niños con un botellín de Acuapura  reconforta y da sentido a todo lo que hemos hecho estos seis años.

En fin, ya no tengo más que contarte, al menos por carta. Espero que recibas esto y que pases pronto a verme.

Un abrazo enorme desde Rivet City .
Madison Li


Tras leer la nota, al fin el trotamundos solitario sintió que haría algo diferente a patrullar sin sentido de aquí para allá. En el momento se puso en camino, dirección a Rivet City.

Para cuando llegó allí, el sol ya se había puesto. El trotamundos había avisado en La Ciudadela que esa noche la pasaría visitando a su vieja amiga la Doctora Li, por lo que se le concedió un permiso de dos días.

La mujer lo esperaba en el departamento científico, donde se pasaba las horas que no dedicaba al Proyecto Pureza, intentando erradicar nuevas enfermedades nacidas de la radiación nuclear.

—Al fin llegas, joven.

—Lamento la tardanza, Doctora Li, pero el camino que hay desde La Ciudadela hasta aquí me lleva un buen rato.

Con un gesto amable le indicó varios sitios en los que podía acomodarse entre que ella preparaba una cafetera.

—Y bien. ¿A qué se debe esta carta tan…? —Le dijo el trotamundos.

— ¿Tan…?

—No sé, doctora, no suelo recibir invitaciones tan abiertas como esta. Además, ahora soy un paladín de la Hermandad del Acero, no dispongo de tanto tiempo como antes.

—Estoy segura de que para esto sí que tendrás tiempo.

La doctora se acercó a la mesa cargando con una bandeja de plata en la que llevaba dos tazas hasta arriba de un líquido negro que simulaba ser café.

— ¿A qué se refiere con eso?

Con parsimonia tomó asiento mientras acercaba la taza que contenía aquel brebaje de tonalidad negra al trotamundos solitario, que la observaba a través de aquel casco de acero que ocultaba su rostro y protegía su cabeza.

—No te he mandado esta nota para hablar del trabajo ni de James, es por algo mucho más importante.

Debido a aquello, el trotamundos se quitó el yelmo y lo dejó en la mesa, desvelando su rostro.
No tenía más que veinticinco años pero en su cara lucía una barba espesa. Esta era del mismo color que su pelo, de un tono castaño caoba. Sus ojos eran verdes y su boca grande, que ocultaba unos dientes blancos y perfectos; a pesar de haber pasado seis años en el Yermo, el trotamundos había cuidado su dentadura a base de bien. Sobre la ceja derecha destacaba una pequeña cicatriz, producto de una pelea contra Butch DeLoria cuando ambos tenían quince años. Restos de sangre seca adornaban su cuello.

— ¿Entonces por qué me hace perder el tiempo, doctora?

La mujer respiró hondo, fruto de un nerviosismo voraz alimentado por la noticia que había recibido. Metió la mano en uno de los bolsillos de su bata y sacó una pequeña cinta, que en uno de sus bordes tenía un trozo de papel en el que estaban escritas las palabras “For James”.

—Es porque necesitas escuchar esto. —dijo la mujer cediéndole aquello.

— ¿Qué demonios? ¿De dónde ha salido esto?

—Por lo que dijo Harkness  la trajo un hombre encapuchado. No dejó nombres, solo dijo que era un mensajero y que venía desde Seattle.

— Seattle… ¿dónde está eso?

El trotamundos desconocía del todo la geografía del país, ya que nunca había visto un mapa político de Estados Unidos.

—Espera un segundo, creo que guardo un mapa en uno de los cajones de mi despacho.

La doctora se acercó hasta el lugar y tras dos minutos regresó con un gran cilindro negro de un metro de largo. Esta dejó aquel artefacto encima de la mesa y le hizo una seña al trotamundos para que despejase la mesa de trastos. Tras hacerlo, la doctora abrió por un extremo aquel extraño artefacto y de dentro sacó un largo trozo de papel enrollado que desplegó sobre la mesa; era un mapa en el que Estados Unidos salía anexo con Canadá .

—Por lo que sabemos, este es todo el territorio nacional, y los satélites indican que nosotros estamos aquí. —dijo la doctora señalando un lugar llamado Washington D.C.

— ¿Y esa tal Seattle?

—Pues, según he podido averiguar, esa ciudad está en el antes llamado estado de Washington.

— ¡Ah! Entonces no está demasiado lejos.

—Lamento aguarte la fiesta, pero Seattle está justo…

La mujer tanteó con el dedo el mapa hasta situarlo en un punto muy lejano a donde ellos vivían.

—… aquí.

El trotamundos se sorprendió del lugar marcado por la doctora, ya que estaba en el extremo opuesto de donde ellos vivían.

— ¿Cómo? ¿Acaso alguien es capaz de atravesar el país para entregar una nota? Es una locura.

—Antes de sacar conclusiones deberías escuchar la cinta, y mejor que sea a solas.

Sin esperar un segundo el hombre salió de la estancia y se dirigió a la salida de Rivet City, quería estar solo del todo para reproducir aquel mensaje que alguien le había mandado.

Al atravesar la puerta que daba a la cubierta se encontró a Paulie Cantelli  tirado en el suelo.
De su boca salía espuma y en su brazo estaba clavada una jeringuilla que por lo visto había robado de la tienda de su mujer; era Psico  puro.

Las prioridades eran las prioridades, y el trotamundos guardó la cinta y cargó en sus brazos a aquel desfavorecido adicto para llevarlo a la consulta de la doctora Li, que lo atendió al instante. Después se pasó por el mercado de Rivet City para hablar con Cindy Cantelli, la mujer del susodicho, para informarle sobre lo que le había pasado.

Llorando, la joven dejó su establecimiento y se dirigió al laboratorio científico para estar junto con su marido; si este seguía a aquel ritmo, no tardaría en morir.

Después del mal trago que había tenido que pasar, el trotamundos abandonó Rivet City para buscar un lugar donde escuchar aquella cinta en solitario.
Ya hacía rato que el negro y frío manto de la noche había cubierto el cielo de Yermo Capital, pero él no tenía miedo de nada, y menos de un poco de falta de visibilidad.

Sacó la cinta y la puso en su Pipboy 3000, que siempre llevaba en su brazo izquierdo. Al instante, una voz comenzó a hablar.

—“Hola James, soy tu prima Tiffany. Hace mucho que no sé nada de ti y la verdad es que estoy muy preocupada. Ya han pasado veinte años desde que nos mandaste con aquella caravana comercial de camino a Seattle, todo para protegernos. De momento todo nos va bien, unos hombres que visten con armaduras de metal patrullan por las calles todos los días para defendernos de esos malditos saqueadores que no hacen más que intentar entrar en la comunidad. Petra no deja de preguntarme por su padre, y la verdad es que no sé qué decirle, ya que me prohibiste contarle que estabas vivo. Ah, ojalá pudieses ver cómo ha crecido tu pequeña… una pena que Catherine  no llegase a verla ser una mujercita… ¿Sabes? Todavía se me parte el alma recordando cómo murió, en aquella camilla del Proyecto Pureza, la quería tanto… En fin.

Ah, casi se me olvida, ¿le has dicho a tu hijo que tiene una hermana? Creo que es la excusa perfecta para que al fin vengáis a visitarnos tú y… ¿cómo se llamaba el pequeño? Bueno, ya me lo recordarás. No sé cuánto tardarás en recibir este mensaje, ya que no hay métodos muy fiables para que llegue hasta ti, así que voy a pagarle 5000 chapas a un mensajero. Dicen que es el mejor en su trabajo y que nunca ha faltado a sus clientes, espero que sea verdad. Para que te hagas una idea y hoy es… veintisiete, veintisiete de noviembre de 2283, o al menos eso marca mi Pipboy.

Espero tu respuesta, James. Te mando un beso enorme de mi parte y de la de Petra para los dos
.”

La cinta se terminó y la cara del trotamundos solitario era todo un cuadro, no se podía creer lo que acababa de escuchar.

Sin perder un segundo acudió a su Pipboy. La fecha que este marcaba era un cuatro de enero de 2284. Al parecer, un mensajero había recorrido todo el país en menos de dos meses.

— ¿Pero qué coño?

Sin comprender nada se llevó las manos a la cara, si aquello era un sueño no tenía ninguna gracia. Al parecer tenía una hermana y su padre nunca le había dicho nada.

Encontrar el porqué a esa pregunta era algo para lo que no estaba preparado, pero una cosa tenía clara, viajaría hasta Seattle y encontraría a su última pariente o perdería la vida en el intento.

Por su mente no pasaron más que preguntas sin respuesta e ideas sin sentido. No podía soportar la idea de que al otro lado de aquel extenso país que era Estados Unidos viviese alguien de su familia y que ese alguien ni siquiera supiese de su existencia.

Se hizo de día y el trotamundos aún seguía a la intemperie en el Yermo, pero no sentía ningún tipo de frío.

En cuanto el camino se hizo visible se levantó y puso rumbo a La Ciudadela. Tras un día de camino de trayecto, llegó a los aposentos del Elder Lyons para contarle lo que había descubierto, esperando recibir la ayuda de la Hermandad.

— ¿Qué tienes una hermana en Seattle?

—Sí, señor. Quiero contar con la orden para viajar hasta allí.

El viejo negó la vista al trotamundos, dando a entender que aquello no iba a suceder.

—Me temo que eso no es posible, paladín.

— ¿Cómo que no va a ser posible? ¡He servido con mi vida a la Hermandad del Acero del este, anteponiéndola a todo lo demás!

—Lamento tener que negarte esto, querido Paladín. Si bien es cierto que tus servicios han sido y son excelentes, no podemos movilizar a la orden para satisfacer a los propios miembros, eso va contra el juramento.

— ¡A la mierda el juramento, Elder Lyons, tengo que encontrar a mi hermana!

El líder puso esbozó un gesto de pena al escuchar las duras palabras de uno de los miembros más eficientes y fieles con los que la Hermandad había contado.

Tal fue el escándalo que armó el trotamundos que Sarah Lyons apareció en la sala.
— ¡Eh, eh! ¿Qué ocurre aquí?

— ¡Tu padre se niega a ofrecerme el único favor que le he pedido tras seis años de duro servicio!

— ¿Cómo?

—Sarah —intervino el Elder— lo que me pide el Paladín Solitario es imposible para mí de cumplir, no puedo movilizar a la orden para buscar a su hermana.

La Centinela bajó la cabeza ante aquello que su padre le contaba, pues sabía que el juramento de la Hermandad prohibía usar a la propia orden para satisfacer los deseos de uno de los miembros de esta.

—Pero papá, ¿no podemos hacer una excepción?

—Lo lamento, no es posible.

Furioso, el trotamundos solitario salió de la estancia dando un portazo al salir. El Elder se dirigió a su hija cuando ambos se quedaron solos.

—No te preocupes, Sarah, pronto lo comprenderá.

Caminando rápido, el trotamundos llegó a su barracón y cerró la puerta tras de sí con un sonoro golpe, se quitó la servoarmadura y se tumbó en la cama.
Las horas pasaron y de nuevo la noche cayó sobre Yermo Capital. La Centinela dormía sola esa noche, ya que Gallows le había dicho que planeaba quedarse a jugar al Poker toda la noche con Glade, Gunny y Dusk.

Un ruido la despertó, lo cual le extrañó pues su amante no iba a aparecer esa noche. Alarmada, cogió la pistola de 10mm de su mesita de noche y encendió la luz; no había nadie.
Lo único que encontró fue una carta sellada en su almohada. Sarah la cogió, la abrió y la leyó para sí.

«Saludos, Sarah.

Tras la discusión de hoy con tu padre he decidido abandonar La Ciudadela e ir por mi cuenta a Seattle en busca de mi hermana. Si la Hermandad no quiere ayudarme es que no forma parte de mi familia, por lo tanto, ya no tengo nada que hacer ahí.

Espero seguir escuchando grandes logros de la Tropa de Lyons allá donde vaya, pues el equipo es inquebrantable y confío en que nunca dejaréis de salvar Yermo Capital; no me quiero imaginar lo que les espera a esos supermutantes.

Ya que no puedes cumplir mi deseo de movilizar a la orden para ayudarme te pido otra cosa: cuida de Albóndiga; no le dejes solo mucho tiempo, se preocupa; dale de comer todos los días; sácalo a pasear cuando puedas y procura no llevarle por sitios peligrosos. Vendría conmigo, pero no puedo arriesgarme, porque allá donde voy no sé qué peligros me aguardan ni con qué me enfrentaré, ni siquiera si llegaré vivo.

En mi barracón encontrarás la servoarmadura que me cedisteis, al fin Durga estará contenta. Dile al capullo de Gallows que si no dije su nombre fue por respeto, no para ganarme su amistad, que por lo visto lleva los humos muy subidos con ese tema.

Respecto al Elder Lyons… dile que me viste salir de La Ciudadela y que me metí una bala en el cerebro junto al río, y luego me devoró un hombre pinza  o algo así.

Estos seis años han sido muy fructíferos en mi vida, ya que la Hermandad me ha enseñado mucho, quizás más de lo que merezco.

Mientras escribo esto me remuerde la conciencia, ya que es pensar en todo lo bueno que la orden ha hecho por mí y pensar que me estoy comportando como un auténtico gilipollas, pero, por otra parte, tiene que ser así.

Para cuando leas esto ya me habré ido y estaré en los límites de Yermo Capital. Me he permitido el lujo de instalar un Software de dirección al que llamáis GPS; no sé en qué consiste exactamente pero creo que me indicará bien el camino para llegar a Seattle.

Salve


La firma era una mezcla entre líneas y letras descritas de manera hermosa sobre el papel, dando una forma artística al garabato y logrando así que no se entendiese el nombre del que la escribía.

La Centinela dejó caer unas lágrimas sobre la tinta que se corrió al instante.

—“Serás estúpido…”—. Pensó para sí Sarah cuando terminó de leer la carta.


—Supervisora Amata —dijo el Agente Gómez—hemos encontrado esta carta en la entrada del refugio, salimos un par de horas a dar una vuelta y cuando volvimos estaba aquí.

— ¿Cómo? Déjame ver…

«Hola, Amata.

Seguro que no necesito presentación para ti, ¿verdad? Todos los días durante seis años he visitado la puerta del refugio y me he quedado contemplando los enormes números de color amarillo.

Pensar en ti y en todos los buenos momentos que pasé dentro de ese lugar me obliga a sonreír como un loco. Hoy día, ambos tenemos veinticinco años y cada uno ha pasado a vivir su camino de formas totalmente distintas, de una manera que jamás imaginaríamos con diez años.

A medida que me hago más mayor solo recuerdo lo que he perdido y eso es algo muy doloroso. Quería ser un buen hombre, un buen ciudadano de este lugar, de este desolador paraje al que ahora llamo casa. Espero haberlo conseguido.

Con esta carta me despido de ti para siempre. Tomo un nuevo camino en mi vida, rumbo a encontrar a la única familia que me queda. No voy a decirte dónde voy, aunque seguro que en el fondo tampoco te importa, es por eso que me quedo más tranquilo sabiendo que mantienes la seguridad del Refugio 101, y que darás una gran vida a todos sus habitantes.

Nos vemos.
»

Amata no pudo evitar arrugar la carta con rabia. En cuanto pensó que jamás volvería a ver a su amigo, a la única persona que la había protegido de las Serpientes de Túnel  y que siempre estaba para ella, rompió a llorar.

Y así es como el trotamundos solitario abandonó la calidez de Yermo Capital, aquello a lo que una vez había llamado hogar, para adentrarse en territorio hostil y buscar lo que ya una vez había perdido: su familia.










¨vt¨
Capítulo II: Amargo día de reyes

El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él.
Claude Lévi – Strauss; etnólogo Belga.


6 de enero de 2284.

La llanura se extendía más allá de donde alcanzaba la vista, haciéndola todavía más larga. En ella no se veía ningún rastro de vida, ya que los cadáveres de animales se amontonaban por cualquier parte y lo que en algún momento de la historia había sido campo, ahora no era más que tierra árida y muerta. El sol brillaba sobre el Yermo, irradiándolo con un calor insoportable debido al avanzado efecto invernadero que causaba la contaminación acumulada por la caída de las bombas.

El trotamundos solitario caminaba por una carretera llena de grietas y agujeros. A los lados del maltrecho pavimento se acumulaban los esqueletos metálicos de los coches desvalijados por los saqueadores de la zona, que arramblaban con todo aquello que encontraban. Allí también se dejaban ver camiones del ejército que jamás habían llegado a su destino, pues las bombas los habían cogido a medio camino.
El joven ya llevaba un día entero caminando sin descanso, pues la idea de ver a su hermana no se disipaba de ninguna manera; tales eran sus ganas de conseguir una familia que, a pesar del dolor que le atenazaba los pies, no se detenía ni pensaba hacerlo.

Ya sin la carga de la pesada servoarmadura que había llevado durante seis años sobre sus hombros, el trotamundos había iniciado un camino libre de equipaje. Vestido con la chaqueta de cuero que Butch le había entregado años atrás, unos vaqueros viejos, unos mocasines descoloridos por el tiempo y armado con un rifle de caza que él mismo había trucado con piezas de otras armas más potentes y encamisando las puntas de las balas, el viajero estaba listo para comenzar su largo viaje.

Miró su Pipboy y accedió al nuevo Software que había instalado, aquel al que la Hermandad llamaba GPS; aún le quedaban 4200 km para llegar a su destino: Seattle; y en el día que llevaba transitado había recorrido más de 20.

A cada paso que daba, sus piernas temblaban; ya no podían soportar el peso del hombre.

Al final, el trotamundos cayó al suelo afectado por el cansancio extremo. Se arrastró como pudo y apoyó su espalda contra uno de los muchos coches que la carretera fantasma ofrecía.

—Joder, estoy destrozado.

De nuevo acudió a su ordenador de muñeca, pero esta vez buscó la sección de radio. Tanto tiempo en el Yermo le había enseñado a ser precavido, así que antes de encender nada miró a su alrededor y corroboró que nadie estaba acechando. Después, sintonizó Radio Galaxia para escuchar los acertados y chistosos comentarios de su amigo.

—“¡Y seguimos, amigos, aquí Three Dog desde mi búnker fortificado en el centro de DC! Bien, bien… ¿sabéis en qué fecha estamos? Seguramente no, pero os daré una pista para que intentéis averiguarlo: los copos de nieve congelan a los supermutantes del centro de la ciudad y los necrófagos se juntan para comerse un buen trozo de carne fresca, ¿lo adivináis ya?, ¡pues sí, es Navidad! Decidme, ¿aún no le habéis regalado una pistola a vuestro sobrino de seis años?, porque pronto la va a necesitar.

Según un libro que encontré, en Europa, hoy es el día de los tres Reyes Magos de Oriente: Melchor, Gaspar y Baltasar. Según he leído, estos tres hombres le llevaron oro, incienso y mirra al pequeño Jesús antes de convertirse en aquel tío que caminó por encima de las aguas. Pues bien, parece ser que hace doscientos años era tradición recordar a estos tres personajes, que llevaban regalos a todos los niños del mundo.

Así que si queréis darle un buen regalo a la abuela, llevadla de compras al mejor supermercado de órganos: ¡las vías del metro! Un saludo, amigos, os ha hablado Three Dog. Ahora, algo de música…”

—Pues vaya mierda de reyes los de este año… —se rió de sí mismo el trotamundos solitario y sacó una de las botellas de agua purificada que se había traído.

La luna salió y el viajero seguía allí sentado, apoyado contra el esqueleto de aquel coche; ni siquiera las horas que se había pasado allí tirado le sirvieron para recuperar fuerzas.

Él sabía de sobra que la noche era con diferencia el entorno más peligroso en el cual podías encontrarte en el Yermo, pues las bestias salían a alimentarse y pocas oportunidades tenía una presa fácil como era en aquel momento.

De pronto, en la oscuridad de la lejanía distinguió un brillo de luz artificial; un cartel luminoso parpadeaba al son de una pegadiza canción, que un sensor de su Pipboy reconoció como Für Elise de Ludwig Van Beethoven.

— ¿Pero qué coj…? —exclamó extrañado el joven, que atribuyó aquello a una jugada desconcertante de su mente.

Con un esfuerzo titánico, el trotamundos se puso en pie y comenzó a caminar a la luz, como si de un mosquito se tratase.

Aquel lugar no era ninguna ilusión. El estrambótico letrero que tintineaba con luces azules y amarillas, como si de algún espectáculo se tratase, tenía escrito en grande la palabra Rockwell.

Una puerta imponente, de al menos siete metros de altura, y junto con unos muros de su mismo tamaño, frenaron el avance del viajero. Un foco enorme cegó los ojos del joven, acostumbrados a la oscuridad de la noche.

— ¡Alto! ¿Quién va? —gritó una voz desconocida, tratando de ser autoritaria.

— ¿Qué? —dijo sorprendido el trotamundos.

—Que quién coño eres, joder. Aquí no queremos problemas.

—No, no es eso —intentó tranquilizarle, pues a través de aquella potente luz pudo distinguir en las manos del guarda un arma—. Solo busco un lugar donde pasar la noche.

—Ah, otro muerto de hambre del Yermo. Vale, pasa, pero deja ese rifle a la entrada.

La puerta se abrió y el tema clásico de Beethoven inundó el ambiente. Detrás de aquella protección de acero y hormigón se escondía un pequeño poblado. El trotamundos solitario dejó el arma a la entrada, como antes se le había indicado.

No había nada fuera de lo normal en aquel recinto fortificado, excepto un armatoste extraño y enorme que daba vueltas como si se tratase de una rueda. Cuando el joven se acercó para observarla más de cerca se topó con un cartel de metal corroído que decía noria.
Un hombre vestido con un traje a rayas que alternaba entre rojo y blanco gritaba y agitaba un bastón, intentando llamar la atención.

— ¡Señoras y señores, por solo diez chapas podéis ver la belleza del Yermo por la noche! Y no solo eso, ¡si vomitáis os devolvemos el
dinero! ¿A qué esperáis, amigos?, ¡subid a vuestros hijos o pareja para demostrarles que les queréis de verdad!

Una larga cola se amontonaba tras una mesa hecha con tablones de madera, esta hacía de taquilla; un niño cobraba el acceso a aquel monstruo mecánico. El traqueteo que producía al girar la noria daba una sensación de falta de seguridad; parecía que se iba a romper en cualquier momento y salir rodando.

— ¡Oiga, usted! —un niño vestido de forma penosa, con unos pantalones cortos rotos y una camiseta publicitaria de Nuka Cola, apareció y agarró al viajero de la manga de su chaqueta de cuero, tirando de él—Venga, nadie visita Rockwell de verdad si no sube a la famosa Atracción salvaje del tío Tom.

— ¿El qué?

—Vamos, que solo son diez chapas, y por su chaqueta tiene pinta de ser un hombre adinerado.

—Déjame en paz, niño —el trotamundos dio un tirón brusco al agarre del crío—. ¿Crees que eres el primero que intenta mangarme la cartera?

Con cara de tonto, el renacuajo harapiento salió corriendo: le habían pillado in fraganti.

En la distancia el viajero vio otro cartel luminoso; esta vez decía Hostal.

El joven caminó entre la gente que se amontonaba y chocaba una contra otra, intentando abrirse espacio. Al llegar al lugar, abrió la puerta.

El hostal no era más que un receptáculo de cuatro paredes con múltiples puertas que se dirigían a las habitaciones. La recepción estaba adornada con un papel tapiz sobre el que se dibujaba una trama de líneas verticales y paralelas entre sí. Al fondo de la sala había un mostrador antiguo, y detrás de este, una atractiva mujer con generosos atributos; su pelo rojo y su escote amplio la hacían destacar.

El trotamundos se acercó a la mesa y la bella recepcionista levantó la mirada de los papeles en los que estaba inmersa. Su cara era casi tan hermosa como su voluptuoso físico; unos ojos azules que se escondían tras unas gafas de pasta y unos labios carnosos del color de las piruletas la hacían el deseo de cualquier hombre. A simple vista parecía tener unos treinta años.

—Vaya, carne fresca—la mujer se mordió el labio de manera lujuriosa mientras miraba por encima de las gafas al recién llegado—. ¿Qué haces aquí, joven?

—Busco alojamiento. ¿Cuánto por una habitación?

—Eso depende —con disimulo, la trabajadora se desabrochó el último botón de la blusa, dejando ver aún más su escote—. ¿Quieres compañía? Porque mi cama está vacía esta noche y te saldrá gratis.

—No, gracias. Solo quiero la habitación.

—Vamos, encanto, no seas tímido. Prometo portarme bien contigo.

La leve sonrisa que la mujer había esbozado pronto se transformó en una mirada lujuriosa mientras se metía el dedo en la boca.
—Perdona—haciendo caso omiso de la petición sexual de aquella, el trotamundos se centró en sus cosas—. ¿Hay algún bar por aquí?

— ¡Pues claro que sí, cielo! Cerca de la noria encontrarás el Hígado de acero, para hombres de buen beber.

—Bien, muchas gracias, preciosa. Ahora dame una habitación.

La mujer se levantó y cogió una llave que tenía el número 5 y luego se la dejó al joven.

—Aquí tienes, guapo. Y si tienes frío, llámame.

Una sonrisa juguetona se dibujó en la cara de la mujer. El viajero cogió la llave y se dirigió a su aposento. En cuanto se instaló salió a visitar Rockwell.

El primer lugar al que se dirigió fue al que la recepcionista le había dicho: el Hígado de acero. Allí, hombres con pintas de macarras y también viajeros como él se juntaban y jugaban al Poker, apostando y bebiendo como posesos.

El trotamundos se sentó en la barra y le pidió al camarero una Nuka Cola; en cuestión de segundos ya la estaba saboreando. A pesar de que la mayoría de las Nuka Colas eran de hacía más de doscientos años, todavía conservaban su sabor y su gas, aunque también estaban contaminadas; pero eso no le importaba mucho a nadie, para eso existía el Radaway.

Al lado del joven estaba sentado un hombre peculiar, pues vestía una gabardina larga de color crema y un sombrero de detective de color café. Su cara estaba oculta por el cuello del abrigo y de esta solo se veía un cigarrillo sobresalir. En su cintura se podía ver un revólver Magnum del calibre .44, una auténtica máquina de matar.

—Tres chapas —dijo el camarero.

Cuando el trotamundos echó mano a su bolsillo, el misterioso hombre de su lado pagó por él. Extrañado, pues en el Yermo pocas veces alguien te regalaba algo, el joven tuvo el impulso de hablar con él.

—Eh, gracias por pagar mi bebida, pero no tenías por qué.

Haciendo caso omiso, aquel hombre se llevó la mano al cigarro que tenía en la boca, no sin antes darle una calada honda y espirar el humo.

—Yo creo que sí tenía por qué.

El misterioso personaje dejó ver su rostro, uno que se le hizo al viajero muy familiar, pero no alcanzó a reconocer del todo.
—Perdona. ¿Te conozco de algo?

—Pues claro que sí; tú y yo somos muy buenos amigos, pero lo que pasa es que aún no lo sabes.

Por aquellas palabras, el trotamundos pensó que estaba loco; no era la primera vez que se encontraba con alguien quien había perdido el juicio en el Yermo, así que tampoco le sorprendió demasiado.

Sin mediar más palabras, el extraño embutido en aquella gabardina se levantó de su asiento y salió del bar bajo la atenta mirada del joven.

—Vaya día de mierda —se dijo para sí mismo mientras daba un trago a la Nuka Cola recién pedida
.
De nuevo, otro crío se acercó al trotamundos; vestía de la misma manera que el anterior: con harapos descoloridos y viejos, y por las pintas que tenían parecían de antes de la guerra.

—Oiga, extranjero —con miedo, el niño se refirió al joven, temiendo un golpe o represalia por molestar.

— ¿Sí? ¿Qué se te ofrece, chico?

—Verá, yo… bueno, nosotros… —antes de comenzar a hablar siquiera, el sucio renacuajo miró a ambos lados, como temeroso de que alguien le escuchase— necesitamos su ayuda.

— ¿Mi ayuda? ¿Mi ayuda para qué?

—Para salir de este infierno.

Al escuchar aquellas palabras, el trotamundos solitario adoptó un gesto de extrañeza.

—No entiendo.

—No nos permiten hablar con los viajeros si no es para venderles publicidad de eso a lo que llamáis noria; para nosotros eso es el infierno.

Que un niño de apenas doce años hablase de una manera tan desarrollada y adulta causaba más impacto por las cosas que estaba relatando.

—Trabajamos día y noche—continuó el crío— para el que ustedes ven como un hombre simpático: el tío Tom. Nos hace robar y mendigar; nos manda al Yermo a buscar trastos y muchas veces alguno de nosotros no vuelve; nos da de comer alimentos contaminados… Ayúdanos, por favor…

La enorme carga moral del viajero le impedía negar apoyo a aquel joven, sin embargo, algo le hacía desconfiar.

— ¿Cómo sé que esto no es ningún tipo de trampa, enano?

—No lo sabe, pero tiene que confiar en mí… —el chico se agarró a la manga como si la abrazase y miró a los ojos al trotamundos, implorando su atención— Por favor…

—Está bien. Llévame con los otros críos.

— ¡Bien!—se emocionó el muchacho, suavizando su alegría al instante para que nadie sospechase—. Venga conmigo, pero sígame de lejos y procure que nadie le vea entrar.

Sin perder un instante, el crío salió corriendo del bar mientras el viajero terminaba su Nuka Cola y guardaba la botella en un bolsillo de su chaqueta. Después salió por la puerta e inspeccionó el lugar: multitudes seguían acumulándose tras la taquilla de acceso a la noria; niños erraban por todo Rockwell rogando que se acercasen a la atracción del tío Tom; hombres armados patrullaban de arriba abajo por todo el recinto y el chiquillo que antes había intervenido en su descanso atravesaba como una bala el tumulto de personas.
El trotamundos miró su Pipboy, este marcaba las nueve y media de la noche.

—Parece que he pagado la habitación para nada. —suspiró y se puso a caminar, guardando las distancias con el crío, como él le había mandado

El niño se detuvo ante una puerta de metal, en ella había un cartel escrito con letras rojas que ponía Keep Out. El viajero y el rapaz se reunieron al fin frente a aquel pórtico de acero colado.

—Aquí es, señor —el harapiento chaval respiraba agitado por la carrera que se había pegado para llegar allí; con sus mugrientos y delgados dedos señalaba el portón que tenían ante ellos—. Aquí es donde nos mantienen presos.

A pesar del recelo que sentía por aquella extraña situación, el trotamundos solitario hizo acopio de su valor y cruzó la puerta.

Una peste insoportable surgió de detrás de aquel pedazo de latón, acompañada de una oscuridad densa y tétrica. Aquel ambiente llenaba de desconfianza al solitario viajero, que tuvo que encender la luz de su Pipboy para poder ver algo, cerrando la puerta tras de sí.

— ¡Hostia puta!—exclamó exaltado el joven cuando vio lo que la penumbra escondía.

Moscas revoloteaban alrededor de tres cadáveres de niños que yacían en el suelo. Sus cuerpos estaban maltrechos y heridos, pero destacaba de ellos la increíble delgadez a la que estaban sometidos: las costillas se marcaban contra su piel de manera espeluznante; sus piernas eran similares en grosor a palillos de madera, pareciendo imposible para aquellas que pudiesen sostener el cuerpo de aquellos críos; sus rostros estaban tan demacrados que casi parecía que en aquellos no había carne, sino solo hueso.

El trotamundos solitario había visto muchas masacres, pero aquello no se comparaba siquiera con lo visto en Andale . Tal fue el impacto de aquella escena que el joven no pudo esconder una arcada, casi haciéndole vomitar.

Intentó centrarse en otra cosa y avanzó fijándose en el lugar. Lo que el crío le había dicho no andaba muy lejos de la realidad: aquel sitio no distaba mucho de ser el infierno.

Las camas eran agujeros excavados en la dura roca de la pared y los baños eran un pozo rebosante de excrementos, que de seguro estaba repleto de enfermedades.

—Ni siquiera en Yermo Capital había visto algo tan inhumano.

—Ya no más, por favor, no más… —Una voz aguda y casi inaudible venía del fondo de aquel agujero infecto.

El viajero dirigió hacia aquella posición la luz de su Pipboy y encontró a una niña en el suelo rodeada de sangre. En posición fetal, la chiquilla se agarraba el vientre con fuerza. El trotamundos se acercó a ella y se puso en cuclillas.

—Oye, ¿estás bien?—casi asustado ante la fuerte llorera que la zagala llevaba consigo, el joven pasó su índice por el rostro de la cría para secar sus lágrimas.

—Por favor…—los sollozos se hicieron más sonoros en cuanto las pieles entraron en contacto—. No quiero que me toquen más, por favor… ya no puedo soportarlo…

A la luz del Pipboy la cría tendría sobre unos diez u once años. Estaba vestida con un mono de trabajo harapiento, unos vaqueros rotos y unos zapatos desgastados, como el otro niño. La parte del abdomen estaba manchada con sangre, y esta marca descendía hasta donde los atributos femeninos comenzaban: la zona púbica.

No tardó mucho tiempo en darse cuenta el trotamundos solitario que la cara de aquella pequeña lucía varios moratones recientes y sus uñas sangraban por el intento de defenderse que había llevado a cabo. La conclusión que sacó ante aquello fue que había sido violada sin piedad.

—Tranquila—con un tono de voz suave, el joven intentó tranquilizar a la niña, que temblaba ante la simple presencia de aquel hombre—. No voy a hacerte daño, he venido a ayudarte.

Con recelo, la pequeña negó la caricia que el trotamundos le ofrecía para intentar relajarla.

La puerta de acceso a aquel lugar se abrió. Debido a la oscuridad que fuera había el viajero no pudo vislumbrar bien al que irrumpía, así que desvió la luz de su Pipboy hacia aquella posición para desenmascarar a aquella sombra.

Lo que la linterna descubrió fue un hombre negro de unos treinta y cinco años, más o menos; una cresta de color rojo y una barba mal afeitada destacaban en su rostro. El chaleco rojo y la pistola enfundada en su pantalón desvelaban quién era: un mercenario.

—Vaya, vaya—exclamó el recién llegado ante la presencia del trotamundos solitario—, ¿qué tenemos aquí? Deja a esa niña en paz, ya tiene dueño. ¿Te gustan los coñitos jóvenes, como a mí?

Aquel hombre esbozó una sonrisa asquerosa, que se enfatizaba por lo que estaba contando.

— ¿Quién eres tú?—intentando ganar tiempo, el joven hizo gala de sus dotes de conversación, pues viendo que él no iba armado y su rival sí, era una apuesta segura.

— ¿Y a ti qué cojones te importa, chaval? Te voy a volar la tapa de los sesos.

El mercenario desenfundó una pistola de 10 milímetros oxidada, y se acercó con cautela al trotamundos solitario, que se mantuvo firme e impasible en su sitio.

Cuando el cañón del arma estuvo a escasos centímetros de su mente, el joven actuó. Con su brazo izquierdo retiró el brazo de su enemigo para después propinar con su codo derecho un golpe en la nuez.

Agarrándose el cuello, el mercenario cayó al suelo tosiendo sin poder respirar, pataleando y produciendo gemidos inentendibles. Su cara se hinchó, quedando de un color morado profundo. El golpe en esa parte del cuerpo produjo un cierre en la vía respiratoria; el hombre tardó escasos segundos en morir asfixiado.

Bajo la mirada de la niña, que hacía rato que había dejado de sollozar, el trotamundos agarró de las piernas al muerto y lo metió en uno de los agujeros de la pared que servían como camas. Después se acercó a la niña, sacó una venda de su mochila y se la dio.

—Prometo que os liberaré. Pensaré en algo. Hasta ese momento, ten. Ya nadie volverá a molestarte.

El viajero se giró y apagó la luz de su Pipboy mientras caminaba en dirección a la salida. Por suerte nadie había visto el combate a pesar de que la puerta estaba abierta. La noche lo había cubierto bien, y la noche era un territorio que él conocía como la palma de su mano.
Nada más salir de aquel lugar buscó al niño que lo había llevado hasta allí. Al no encontrarlo se mezcló con la muchedumbre que paseaba de arriba abajo y emprendió su camino al hostal donde había alquilado la habitación. Su reloj marcaba las diez y media.

—Mañana será otro día.


Última edición por SpeedMetalPunch el Vie 27 Mayo 2016, 17:26, editado 1 vez
avatar
SpeedMetalPunch



Mensajes : 41
Chapas : 80
Carisma : 14
Reputación : 100%
Soy : Masculino

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  SuperVisor el Miér 25 Mayo 2016, 23:02

Bonito relato, muchas gracias por compartirlo con nosotros.

Esperamos nuevos relatos ·ok·
avatar
SuperVisor



<b>Staff del foro</b> Staff del foro : Administrador/a
Mensajes : 1215
Chapas : 1413
Carisma : 138
Reputación : 100%
Soy : Masculino
Ítems : x2

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  Perdida el Jue 26 Mayo 2016, 09:46

Bonita historia ·ok·
avatar
Perdida



<b>Staff del foro</b> Staff del foro : Seguridad
Mensajes : 787
Chapas : 881
Carisma : 66
Reputación : 100%
Soy : Femenino
Ítems : x3

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  Oblivionlaserie el Jue 26 Mayo 2016, 17:29

Gracias por compartir esa gran historia, Saludos Log2
avatar
Oblivionlaserie



<b>Staff del foro</b> Staff del foro : Seguridad
Mensajes : 317
Chapas : 346
Carisma : 26
Reputación : 100%
Soy : Masculino
Ítems :

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  SpeedMetalPunch el Jue 26 Mayo 2016, 20:09

Primero de todo, muchas gracias por vuestro apoyo. Escribir nunca es una tarea fácil, y me he pasado mucho tiempo buscando un foro en el que poder colgar esta historia, que desarrollo debido a mi pasión por Fallout. Espero que os guste y que sigáis leyendo, así como tener una buena experiencia. ¡Muchas gracias!

Capítulo I: Destino incierto


La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy.

Séneca; filósofo latino.


*****

El trotamundos se despertó sudoroso y asustado; la pesadilla se repetía de nuevo.

Todas las noches soñaba con la muerte de su padre en el purificador . Un sacrificio necesario, pero injusto en toda regla.

—Joder…

Los rayos del sol se filtraban a través de una ventana abierta de par en par, ya que no tenía vidrio. Quedaban escasos minutos para el toque de bocina por el cual los caballeros y paladines tenían que estar en el patio de La Ciudadela y el trotamundos no se había ni levantado.

Con pasotismo salió de entre las sábanas y vistió su servoarmadura para luego dirigirse a la cafetería, donde cogió una Nuka Cola  de la nevera para quitarse la pesadez de encima, pues esa noche había dormido poco.

Salió del lugar frotándose los ojos cuando vio abandonar el barracón reservado para la Centinela Lyons al Capitán Caballero Gallows sin pantalones. El encuentro entre ambos fue bastante incómodo, pues se suponía que el hombre y la mujer debían pasar inadvertidos, ya que las relaciones entre “hermanos” no estaban muy bien vistas.

—Hace calor.

—Ya, seguro que la Centinela opina lo mismo.

Con una mirada cínica, Gallows volvió dentro y el trotamundos solitario prosiguió su camino. Para cuando llegó al patio todo el mundo formaba con las armas al hombro y esperando el discurso matutino de su gran líder.

Sin ninguna prisa, el joven se situó en su posición correspondiente junto con los demás paladines, detrás del Elder, mientras que los caballeros e iniciados formaban frente a él.

Unos diez minutos después llegaba Gallows, que ya se había perdido una buena parte del discurso. Para cuando llegó la Centinela Lyons ya no había nadie más que iniciados en el patio, haciendo sus pruebas de tiro.

La vida en La Ciudadela se hacía muy monótona y aburrida. La acción había bajado en picado desde la desaparición del Enclave. Los expertos tiradores no hacían otra cosa que no fuese pasear de arriba abajo por el complejo fortificado de la Hermandad.

El trotamundos solitario estaba sentado en su escritorio mirando embobado de nuevo la foto en la que salía con su padre. Fue una voz femenina la que lo sacó de su letargo.

—Oye…

El joven se dio la vuelta y se encontró allí a la Capitana Caballero Dusk, que reclamaba su presencia.

—Ah, eres tú, dime.

A pesar de ser reconocido como tal en los documentos de la orden, poca gente lo llamaba Paladín Solitario. Por alguna razón, ese era un nombre que causaba desconfianza entre los miembros de la Hermandad del Acero.

—La doctora Li  te ha enviado esta carta desde Rivet City.

—Oh, bien, fantástico. Muchas gracias, Dusk.

Con un gesto amable, la mujer se retiró de las estancias de su compañero, dejándolo a solas con su carta.

«Hola, querido.

Primero de todo quería comentarte que hace tiempo que no te veo, y me gustaría tomarme un café en tu compañía, ya que los Escribas  a los que les pregunto sobre ti me dicen que la información sobre algún miembro de la Hermandad está restringida para los civiles, ¡pero si fui yo la que les di acceso al Proyecto Pureza! No me lo puedo creer.

Por suerte uno de los novatos que defienden las instalaciones accedió a traerte esta nota, espero que no se meta en líos por mi culpa.

Referente al Proyecto Pureza: todo va muy bien, ya casi hemos conseguido eliminar los rastros de radiación de los ríos. Pronto la gente corriente podrá beber agua sin matarse o pagar doscientas chapas  por una botella purificada.

Cada día que pasa vienen más habitantes del Yermo a pedirnos agua, a veces no damos a basto. El trabajo es muy duro, pero ver los rostros felices de los niños con un botellín de Acuapura  reconforta y da sentido a todo lo que hemos hecho estos seis años.

En fin, ya no tengo más que contarte, al menos por carta. Espero que recibas esto y que pases pronto a verme.

Un abrazo enorme desde Rivet City .
Madison Li


Tras leer la nota, al fin el trotamundos solitario sintió que haría algo diferente a patrullar sin sentido de aquí para allá. En el momento se puso en camino, dirección a Rivet City.

Para cuando llegó allí, el sol ya se había puesto. El trotamundos había avisado en La Ciudadela que esa noche la pasaría visitando a su vieja amiga la Doctora Li, por lo que se le concedió un permiso de dos días.

La mujer lo esperaba en el departamento científico, donde se pasaba las horas que no dedicaba al Proyecto Pureza, intentando erradicar nuevas enfermedades nacidas de la radiación nuclear.

—Al fin llegas, joven.

—Lamento la tardanza, Doctora Li, pero el camino que hay desde La Ciudadela hasta aquí me lleva un buen rato.

Con un gesto amable le indicó varios sitios en los que podía acomodarse entre que ella preparaba una cafetera.

—Y bien. ¿A qué se debe esta carta tan…? —Le dijo el trotamundos.

— ¿Tan…?

—No sé, doctora, no suelo recibir invitaciones tan abiertas como esta. Además, ahora soy un paladín de la Hermandad del Acero, no dispongo de tanto tiempo como antes.

—Estoy segura de que para esto sí que tendrás tiempo.

La doctora se acercó a la mesa cargando con una bandeja de plata en la que llevaba dos tazas hasta arriba de un líquido negro que simulaba ser café.

— ¿A qué se refiere con eso?

Con parsimonia tomó asiento mientras acercaba la taza que contenía aquel brebaje de tonalidad negra al trotamundos solitario, que la observaba a través de aquel casco de acero que ocultaba su rostro y protegía su cabeza.

—No te he mandado esta nota para hablar del trabajo ni de James, es por algo mucho más importante.

Debido a aquello, el trotamundos se quitó el yelmo y lo dejó en la mesa, desvelando su rostro.
No tenía más que veinticinco años pero en su cara lucía una barba espesa. Esta era del mismo color que su pelo, de un tono castaño caoba. Sus ojos eran verdes y su boca grande, que ocultaba unos dientes blancos y perfectos; a pesar de haber pasado seis años en el Yermo, el trotamundos había cuidado su dentadura a base de bien. Sobre la ceja derecha destacaba una pequeña cicatriz, producto de una pelea contra Butch DeLoria cuando ambos tenían quince años. Restos de sangre seca adornaban su cuello.

— ¿Entonces por qué me hace perder el tiempo, doctora?

La mujer respiró hondo, fruto de un nerviosismo voraz alimentado por la noticia que había recibido. Metió la mano en uno de los bolsillos de su bata y sacó una pequeña cinta, que en uno de sus bordes tenía un trozo de papel en el que estaban escritas las palabras “For James”.

—Es porque necesitas escuchar esto. —dijo la mujer cediéndole aquello.

— ¿Qué demonios? ¿De dónde ha salido esto?

—Por lo que dijo Harkness  la trajo un hombre encapuchado. No dejó nombres, solo dijo que era un mensajero y que venía desde Seattle.

— Seattle… ¿dónde está eso?

El trotamundos desconocía del todo la geografía del país, ya que nunca había visto un mapa político de Estados Unidos.

—Espera un segundo, creo que guardo un mapa en uno de los cajones de mi despacho.

La doctora se acercó hasta el lugar y tras dos minutos regresó con un gran cilindro negro de un metro de largo. Esta dejó aquel artefacto encima de la mesa y le hizo una seña al trotamundos para que despejase la mesa de trastos. Tras hacerlo, la doctora abrió por un extremo aquel extraño artefacto y de dentro sacó un largo trozo de papel enrollado que desplegó sobre la mesa; era un mapa en el que Estados Unidos salía anexo con Canadá .

—Por lo que sabemos, este es todo el territorio nacional, y los satélites indican que nosotros estamos aquí. —dijo la doctora señalando un lugar llamado Washington D.C.

— ¿Y esa tal Seattle?

—Pues, según he podido averiguar, esa ciudad está en el antes llamado estado de Washington.

— ¡Ah! Entonces no está demasiado lejos.

—Lamento aguarte la fiesta, pero Seattle está justo…

La mujer tanteó con el dedo el mapa hasta situarlo en un punto muy lejano a donde ellos vivían.

—… aquí.

El trotamundos se sorprendió del lugar marcado por la doctora, ya que estaba en el extremo opuesto de donde ellos vivían.

— ¿Cómo? ¿Acaso alguien es capaz de atravesar el país para entregar una nota? Es una locura.

—Antes de sacar conclusiones deberías escuchar la cinta, y mejor que sea a solas.

Sin esperar un segundo el hombre salió de la estancia y se dirigió a la salida de Rivet City, quería estar solo del todo para reproducir aquel mensaje que alguien le había mandado.

Al atravesar la puerta que daba a la cubierta se encontró a Paulie Cantelli  tirado en el suelo.
De su boca salía espuma y en su brazo estaba clavada una jeringuilla que por lo visto había robado de la tienda de su mujer; era Psico  puro.

Las prioridades eran las prioridades, y el trotamundos guardó la cinta y cargó en sus brazos a aquel desfavorecido adicto para llevarlo a la consulta de la doctora Li, que lo atendió al instante. Después se pasó por el mercado de Rivet City para hablar con Cindy Cantelli, la mujer del susodicho, para informarle sobre lo que le había pasado.

Llorando, la joven dejó su establecimiento y se dirigió al laboratorio científico para estar junto con su marido; si este seguía a aquel ritmo, no tardaría en morir.

Después del mal trago que había tenido que pasar, el trotamundos abandonó Rivet City para buscar un lugar donde escuchar aquella cinta en solitario.
Ya hacía rato que el negro y frío manto de la noche había cubierto el cielo de Yermo Capital, pero él no tenía miedo de nada, y menos de un poco de falta de visibilidad.

Sacó la cinta y la puso en su Pipboy 3000, que siempre llevaba en su brazo izquierdo. Al instante, una voz comenzó a hablar.

—“Hola James, soy tu prima Tiffany. Hace mucho que no sé nada de ti y la verdad es que estoy muy preocupada. Ya han pasado veinte años desde que nos mandaste con aquella caravana comercial de camino a Seattle, todo para protegernos. De momento todo nos va bien, unos hombres que visten con armaduras de metal patrullan por las calles todos los días para defendernos de esos malditos saqueadores que no hacen más que intentar entrar en la comunidad. Petra no deja de preguntarme por su padre, y la verdad es que no sé qué decirle, ya que me prohibiste contarle que estabas vivo. Ah, ojalá pudieses ver cómo ha crecido tu pequeña… una pena que Catherine  no llegase a verla ser una mujercita… ¿Sabes? Todavía se me parte el alma recordando cómo murió, en aquella camilla del Proyecto Pureza, la quería tanto… En fin.

Ah, casi se me olvida, ¿le has dicho a tu hijo que tiene una hermana? Creo que es la excusa perfecta para que al fin vengáis a visitarnos tú y… ¿cómo se llamaba el pequeño? Bueno, ya me lo recordarás. No sé cuánto tardarás en recibir este mensaje, ya que no hay métodos muy fiables para que llegue hasta ti, así que voy a pagarle 5000 chapas a un mensajero. Dicen que es el mejor en su trabajo y que nunca ha faltado a sus clientes, espero que sea verdad. Para que te hagas una idea y hoy es… veintisiete, veintisiete de noviembre de 2283, o al menos eso marca mi Pipboy.

Espero tu respuesta, James. Te mando un beso enorme de mi parte y de la de Petra para los dos
.”

La cinta se terminó y la cara del trotamundos solitario era todo un cuadro, no se podía creer lo que acababa de escuchar.

Sin perder un segundo acudió a su Pipboy. La fecha que este marcaba era un cuatro de enero de 2284. Al parecer, un mensajero había recorrido todo el país en menos de dos meses.

— ¿Pero qué coño?

Sin comprender nada se llevó las manos a la cara, si aquello era un sueño no tenía ninguna gracia. Al parecer tenía una hermana y su padre nunca le había dicho nada.

Encontrar el porqué a esa pregunta era algo para lo que no estaba preparado, pero una cosa tenía clara, viajaría hasta Seattle y encontraría a su última pariente o perdería la vida en el intento.

Por su mente no pasaron más que preguntas sin respuesta e ideas sin sentido. No podía soportar la idea de que al otro lado de aquel extenso país que era Estados Unidos viviese alguien de su familia y que ese alguien ni siquiera supiese de su existencia.

Se hizo de día y el trotamundos aún seguía a la intemperie en el Yermo, pero no sentía ningún tipo de frío.

En cuanto el camino se hizo visible se levantó y puso rumbo a La Ciudadela. Tras un día de camino de trayecto, llegó a los aposentos del Elder Lyons para contarle lo que había descubierto, esperando recibir la ayuda de la Hermandad.

— ¿Qué tienes una hermana en Seattle?

—Sí, señor. Quiero contar con la orden para viajar hasta allí.

El viejo negó la vista al trotamundos, dando a entender que aquello no iba a suceder.

—Me temo que eso no es posible, paladín.

— ¿Cómo que no va a ser posible? ¡He servido con mi vida a la Hermandad del Acero del este, anteponiéndola a todo lo demás!

—Lamento tener que negarte esto, querido Paladín. Si bien es cierto que tus servicios han sido y son excelentes, no podemos movilizar a la orden para satisfacer a los propios miembros, eso va contra el juramento.

— ¡A la mierda el juramento, Elder Lyons, tengo que encontrar a mi hermana!

El líder puso esbozó un gesto de pena al escuchar las duras palabras de uno de los miembros más eficientes y fieles con los que la Hermandad había contado.

Tal fue el escándalo que armó el trotamundos que Sarah Lyons apareció en la sala.
— ¡Eh, eh! ¿Qué ocurre aquí?

— ¡Tu padre se niega a ofrecerme el único favor que le he pedido tras seis años de duro servicio!

— ¿Cómo?

—Sarah —intervino el Elder— lo que me pide el Paladín Solitario es imposible para mí de cumplir, no puedo movilizar a la orden para buscar a su hermana.

La Centinela bajó la cabeza ante aquello que su padre le contaba, pues sabía que el juramento de la Hermandad prohibía usar a la propia orden para satisfacer los deseos de uno de los miembros de esta.

—Pero papá, ¿no podemos hacer una excepción?

—Lo lamento, no es posible.

Furioso, el trotamundos solitario salió de la estancia dando un portazo al salir. El Elder se dirigió a su hija cuando ambos se quedaron solos.

—No te preocupes, Sarah, pronto lo comprenderá.

Caminando rápido, el trotamundos llegó a su barracón y cerró la puerta tras de sí con un sonoro golpe, se quitó la servoarmadura y se tumbó en la cama.
Las horas pasaron y de nuevo la noche cayó sobre Yermo Capital. La Centinela dormía sola esa noche, ya que Gallows le había dicho que planeaba quedarse a jugar al Poker toda la noche con Glade, Gunny y Dusk.

Un ruido la despertó, lo cual le extrañó pues su amante no iba a aparecer esa noche. Alarmada, cogió la pistola de 10mm de su mesita de noche y encendió la luz; no había nadie.
Lo único que encontró fue una carta sellada en su almohada. Sarah la cogió, la abrió y la leyó para sí.

«Saludos, Sarah.

Tras la discusión de hoy con tu padre he decidido abandonar La Ciudadela e ir por mi cuenta a Seattle en busca de mi hermana. Si la Hermandad no quiere ayudarme es que no forma parte de mi familia, por lo tanto, ya no tengo nada que hacer ahí.

Espero seguir escuchando grandes logros de la Tropa de Lyons allá donde vaya, pues el equipo es inquebrantable y confío en que nunca dejaréis de salvar Yermo Capital; no me quiero imaginar lo que les espera a esos supermutantes.

Ya que no puedes cumplir mi deseo de movilizar a la orden para ayudarme te pido otra cosa: cuida de Albóndiga; no le dejes solo mucho tiempo, se preocupa; dale de comer todos los días; sácalo a pasear cuando puedas y procura no llevarle por sitios peligrosos. Vendría conmigo, pero no puedo arriesgarme, porque allá donde voy no sé qué peligros me aguardan ni con qué me enfrentaré, ni siquiera si llegaré vivo.

En mi barracón encontrarás la servoarmadura que me cedisteis, al fin Durga estará contenta. Dile al capullo de Gallows que si no dije su nombre fue por respeto, no para ganarme su amistad, que por lo visto lleva los humos muy subidos con ese tema.

Respecto al Elder Lyons… dile que me viste salir de La Ciudadela y que me metí una bala en el cerebro junto al río, y luego me devoró un hombre pinza  o algo así.

Estos seis años han sido muy fructíferos en mi vida, ya que la Hermandad me ha enseñado mucho, quizás más de lo que merezco.

Mientras escribo esto me remuerde la conciencia, ya que es pensar en todo lo bueno que la orden ha hecho por mí y pensar que me estoy comportando como un auténtico gilipollas, pero, por otra parte, tiene que ser así.

Para cuando leas esto ya me habré ido y estaré en los límites de Yermo Capital. Me he permitido el lujo de instalar un Software de dirección al que llamáis GPS; no sé en qué consiste exactamente pero creo que me indicará bien el camino para llegar a Seattle.

Salve


La firma era una mezcla entre líneas y letras descritas de manera hermosa sobre el papel, dando una forma artística al garabato y logrando así que no se entendiese el nombre del que la escribía.

La Centinela dejó caer unas lágrimas sobre la tinta que se corrió al instante.

—“Serás estúpido…”—. Pensó para sí Sarah cuando terminó de leer la carta.


—Supervisora Amata —dijo el Agente Gómez—hemos encontrado esta carta en la entrada del refugio, salimos un par de horas a dar una vuelta y cuando volvimos estaba aquí.

— ¿Cómo? Déjame ver…

«Hola, Amata.

Seguro que no necesito presentación para ti, ¿verdad? Todos los días durante seis años he visitado la puerta del refugio y me he quedado contemplando los enormes números de color amarillo.

Pensar en ti y en todos los buenos momentos que pasé dentro de ese lugar me obliga a sonreír como un loco. Hoy día, ambos tenemos veinticinco años y cada uno ha pasado a vivir su camino de formas totalmente distintas, de una manera que jamás imaginaríamos con diez años.

A medida que me hago más mayor solo recuerdo lo que he perdido y eso es algo muy doloroso. Quería ser un buen hombre, un buen ciudadano de este lugar, de este desolador paraje al que ahora llamo casa. Espero haberlo conseguido.

Con esta carta me despido de ti para siempre. Tomo un nuevo camino en mi vida, rumbo a encontrar a la única familia que me queda. No voy a decirte dónde voy, aunque seguro que en el fondo tampoco te importa, es por eso que me quedo más tranquilo sabiendo que mantienes la seguridad del Refugio 101, y que darás una gran vida a todos sus habitantes.

Nos vemos.
»

Amata no pudo evitar arrugar la carta con rabia. En cuanto pensó que jamás volvería a ver a su amigo, a la única persona que la había protegido de las Serpientes de Túnel  y que siempre estaba para ella, rompió a llorar.

Y así es como el trotamundos solitario abandonó la calidez de Yermo Capital, aquello a lo que una vez había llamado hogar, para adentrarse en territorio hostil y buscar lo que ya una vez había perdido: su familia.
avatar
SpeedMetalPunch



Mensajes : 41
Chapas : 80
Carisma : 14
Reputación : 100%
Soy : Masculino

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  SuperVisor el Vie 27 Mayo 2016, 16:28

Muchas gracias por la historia SpeedMetalPunch, te la uno con tu primer mensaje para una mejor lectura ininterrupida.

avatar
SuperVisor



<b>Staff del foro</b> Staff del foro : Administrador/a
Mensajes : 1215
Chapas : 1413
Carisma : 138
Reputación : 100%
Soy : Masculino
Ítems : x2

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  SpeedMetalPunch el Vie 27 Mayo 2016, 17:15

Muchas gracias, SuperVisor. Me acabo de dar cuenta que se podía editar. Así será todo más fácil, y me gusta mucho el título que le has puesto, es mucho más bonito. Muy Fallout.
avatar
SpeedMetalPunch



Mensajes : 41
Chapas : 80
Carisma : 14
Reputación : 100%
Soy : Masculino

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  Oblivionlaserie el Mar 31 Mayo 2016, 12:32

Fantastica si señor, gran trabajo y gran derroche de talento, esperando mas ·ok·
avatar
Oblivionlaserie



<b>Staff del foro</b> Staff del foro : Seguridad
Mensajes : 317
Chapas : 346
Carisma : 26
Reputación : 100%
Soy : Masculino
Ítems :

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  SpeedMetalPunch el Lun 20 Jun 2016, 17:17

Primero de todo, gracias a la gente que apoya la historia, con sus palabras de ánimo. He estado ocupado durante bastante tiempo (un mes más o menos) y al fin puedo actualizar la historia, que era algo que ya venía haciéndome falta. Muchas gracias y espero que este nuevo capítulo sea del agrado de todos.








¨vt¨
Capítulo III: Dispara antes de preguntar

La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.
Gabriel García Márquez; escritor colombiano.


*****

7 de enero de 2284; 10:30 AM; Rockwell
.

Los primeros rayos de sol se filtraban a través de los tablones de madera que apuntalaban las ventanas como si se tratase de una casa abandonada. La luz incidió en los ojos del trotamundos, que se despertó debido a la claridad. Al lado del joven estaba dormida la recepcionista. La sábana le cubría los pechos a duras penas y el resplandor del alba hacía enrojecer aún más su rojo cabello, que parecía que estaba en llamas.

El joven se vistió y caminó hacia la puerta sin hacer mucho ruido, pues no quería despertar por nada del mundo a aquel ángel dormido. En cuanto se disponía a salir de la habitación, la pelirroja llamó con una voz sensual a su compañero de cama.

—¿Ya te vas, tigre?—la mujer se desperezó estirando sus brazos y dejando a la vista sus voluptuosos pechos, que fueron descubiertos de forma intencionada por aquella—. Todavía no me has dicho tu nombre.

Con una sonrisa ladina, el viajero se dio la vuelta mientras observaba atento a la diosa de cabello rojizo con la que unas horas atrás había compartido lecho y hecho cosas que harían enrojecer a cualquiera.

Sin pudor ninguno, la mujer se destapó entera dejando a la vista su despampanante cuerpo sin nada que lo cubriese. La fémina cogió de la mesita cercana una cajetilla de tabaco. Del interior de aquella sacó un cigarrillo sucio y una cerilla. Después, la señorita se sentó en el mueble con las piernas cruzadas y frotó el fósforo contra la pared, haciéndolo arder, para luego acercar su llama a la punta del pitillo.

—Yo me llamo Lydia—continuó con picardía la belleza pelirroja mientras daba una calada a su recién encendido cigarrillo—. Se me olvidó decírtelo entre tanto… jaleo.

— ¿Lydia? Qué hermoso nombre—con una actitud condescendiente, el extranjero intentó zafarse de aquella cuestión incómoda.

Pero lejos de despistar siquiera a la espabilada mujer, esta insistió con su pregunta, ya que sentía una gran curiosidad por aquel joven.

—Aún no me has contestado, tigre.

El aventurero suspiró con pesadez, viendo que no tendría manera de evitar responder al interrogante que le planteaba su bella amiga.

— ¿Mi nombre, dices?—sonrió haciéndose el interesante—. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que alguien lo pronunció que ni siquiera lo recuerdo.

— ¿Ah, sí?—la mujer se bajó de la mesita y caminó hasta quedar a un palmo de los labios del joven, que la miraba inquieto; le perturbaba tener a una mujer desnuda tan hermosa a tan corta distancia—. Entonces te llamaré… tigre…

—Puedes llamarme… viajero…—el trotamundos solitario tartamudeó nervioso, pues sentía la cálida presencia de aquellos pechos femeninos apretujarse contra su torso.

—Muy bien, viajero… ven a verme de nuevo…—Lydia espiró el humo del cigarro en la cara de su amante de una noche; después se dirigió a la cama y se arropó entre las mantas.

El extranjero salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. No tardó en salir de nuevo al desértico lugar que era Rockwell.

Miró su Pipboy; este marcaba las diez y media de la mañana. Lo que el día anterior había visto como arena y piedra calcificada hoy lucía con un manto blanco y marrón que el joven jamás había visto antes en Yermo Capital.

—Perdone—preguntó a un transeúnte que llevaba unas cajas a cuestas—. ¿Qué es eso blanco que hay en el suelo?

—No tengo ni puta idea, zoquete—respondió con agresividad aquel hombre—. ¿Quizás sea nieve?

Sin decir nada más, siguió su camino mientras intentaba no tirar ninguna caja del montón que había apilado.

A pesar del brusco comportamiento del que acababa de ser testigo, el joven decidió no responder al insulto, pues si le echaban de la ciudad no podría ayudar a los niños.

De nuevo fue al Hígado de acero para desayunar. Cruzó la puerta de Saloon del oeste que tenía aquel establecimiento y se sentó en uno de los asquerosos taburetes. Allí le atendió el mismo camarero de ayer.

— ¿Otra Nuka Cola, amigo?

—Por supuesto—un poco extrañado por aquella amabilidad, se puso alerta; cuando alguien tenía ese carácter era porque algo pretendía.

Mientras esperaba la llegada de su refresco helado, dos hombres armados entraron y se sentaron al lado del joven. Ambos llamaron al camarero, al que se refirieron como Bill “Hat Trick” Adams, y le pidieron dos botellas de Whisky para llevar. Como al viajero, les tocó esperar, y se pusieron a hablar entre ellos.

—Joder—dijo el más cercano, mientras fijaba su mirada en un sucio espejo que estaba enfrente—. Esto de Gus me tiene jodido; no he dormido nada por la bronca que nos echó el hijo de puta del Tío Tom.

—No te preocupes—el otro tamborileaba con sus dedos al ritmo de la canción de Beethoven, intentando pasar el rato mientras llegaban sus botellas—. En realidad, ese cerdo de Gus merecía morir. Siempre lo escuchaba fardar de cómo violaba a las niñas y luego las molía a palos; era repugnante. Lo haya hecho quien lo haya hecho, merece un premio.

“Vaya, parece que no todos estos capullos son unos insensatos.”—pensó para sí el trotamundos solitario, que escuchaba con disimulo la conversación ajena.

—Esta mierda me tiene frito—de nuevo intervino el primero, que comenzó a impacientarse por la tardanza de su alcohol—. Espero que cojan rápido al cabrón que lo mató para que pueda dormir tranquilo.

El camarero llegó con la Nuka Cola del joven y las botellas de Whisky de los mercenarios, que las abrieron en cuanto pudieron, pagando cinco chapas por cada una de ellas. Después ambos se marcharon dando tragos y vociferando.

El ensimismamiento que el extranjero llevaba llamó la atención del barman, el cual chasqueó los dedos en la cara de su nuevo cliente.

—Eh, chaval. ¿Estás aquí?

— ¿Qué?—el viajero movió la cabeza para despertar de aquel sueño personal en el que se había sumido—. Ah, sí, perdone… no dormí muy bien la última noche.

—Sí, ya me han dicho que dormiste con Lydia—soltó de golpe el camarero.

— ¿Y cómo coño sabe eso?

—En este pueblo se sabe todo, chaval. Y más si grita a las cinco de la mañana como si la estuviesen matando. Pero no te preocupes, en cuanto te des cuenta de lo que en realidad es, no tendrás ganas de volver a montarla.

— ¿Pero qué cojones me está contando?—furioso, el paladín golpeó con el puño cerrado la barra.

—Eh, cálmate, chaval, o te rompo el cuello, ¿está claro?—sin inmutarse ante la reacción de su cliente, el camarero, llamado Bill, cogió una jarra de cerveza y empezó a limpiarla con un trapo sucio—. Verás: Lydia es una necrófago, aunque no sé si un bebito como tú sabrá siquiera lo que es eso. Los necrófagos son humanos mutados que se han convertido en monstruos vivientes. Esa mujer, o esa cosa, está maquillada hasta las cejas. Se tira a todo lo que se mueve para sentirse deseada y mujer de nuevo, así que no te hagas ilusiones.

— ¿Y por qué me iba a creer yo esa chorrada?—intentando rebatir aquello que le estaba contando, el trotamundos solitario quiso saber más.

—Porque su pierna derecha es una prótesis. Se le pudrió debido a la radiación y tuvieron que cortársela—Bill esbozó una sonrisa macabra, como intentando romper la tranquilidad de su nuevo feligrés.

«Pero, pero eso no puede ser…»—pensó el trotamundos solitario, que, sin embargo, mantuvo la tranquilidad.

—Toma tus tres chapas—se acabó su Nuka Cola y se levantó del asiento para después salir del bar.

“No me importa, tengo cosas mejores de las que ocuparme.”

*****

7 de enero de 2284; 16:47 PM; Rockwell
.

A pesar de la nevada mañanera, el calor hizo mella en Rockwell con incisiva agresividad y fundió la escarcha que helaba hasta los huesos de los animales con la piel más gruesa. El viajero estaba sentado en un escalón y sus ojos esmeralda se perdían la noria al otro lado del camino blanquimarrón.

La gente seguía amontonándose tras la taquilla improvisada. Parejas y familias se acercaban a la atracción que prometía una vista excepcional del yermo, atraídas por la situación, y también por la novedad de aquel artefacto mecánico impresionante.

Un hombre agitaba frenético, como si fuese una bailarina, un bastón, intentando llamar la atención de todas las personas que pasaban cerca de él. Llevaba vestido el mismo atuendo que el día anterior: un traje a rayas que intercalaba el blanco y el rojo; unos tirantes que sujetaban sus enormes vaqueros en su gruesa y cervecera cintura y unos zapatos de cuero negro impecables.

De nuevo, la misma escena: los niños deambulaban llamando la atención a todas las personas que no acudían al espectáculo ferial. En algunas ocasiones se oían gritos de “¡Eh, niñato, vuelve aquí!”, pues alguno de los zagales había aprovechado la cercanía para agenciarse una cartera que no era suya.

« ¿Qué puedo hacer? —Pensó indignado el joven, que no quitaba su desafiante mirada del movimiento frenético de la noria—. Estos niños cuentan conmigo.»

Sabía que si protagonizaba uno de sus heroicos actos, el asesinato de aquel mercenario caería sobre él y los niños jamás serían salvados.

«Ojalá la hermandad estuviese aquí.»

Pero de pronto, se le presentó la oportunidad que tanto estaba buscando, aunque no de la manera que él quería: un niño robó las chapas del hombre equivocado, y la respuesta de aquel fue violenta.

— ¿Se puede saber qué haces, puto enano?—el tipo arreó un puñetazo con saña en pleno rostro del crío y cuando aquel estuvo en el suelo, comenzó a propinarle puntapiés a su pequeño y flaco cuerpo.

La gente que caminaba por las calles rodeó y observó la escena  impasible, sin siquiera intentar detener la brutal paliza. El cuerpo de seguridad ni se molestó en acercarse a pesar del jaleo que el crío estaba montando con sus llantos lastimeros y rogantes de perdón.

Aquel gesto de desprecio hacia el chico por parte de la gente hinchió al trotamundos solitario de rabia, que se levantó y atravesó el tumulto apartando a personas sin ningún cuidado de su camino a empujones y plantándose con rapidez en el centro del “espectáculo.”

El zagal protegía su cabeza con unos esqueléticos y pequeños brazos mientras las patadas le caían por todas partes, sin ningún tipo de tregua. El hombre, rapado y musculoso, atizaba con fuerza y reía como si estuviese orgulloso de lo que estaba haciendo.

—Eh, tú—con su clásica palabrería desafiante, el extranjero apartó de un empujón al atacante.

Con torpeza, el agresor cayó al suelo como si se tratase de un pesado fardo de paja relleno con piedras; el pueblo enmudeció ante aquella intromisión.

El sujeto se levantó y emitió un gruñido más típico de un perro que de una persona, mientras que con sus ojos sucios y negros lanzaba una especie de advertencia al que acababa de firmar su sentencia de muerte.

El joven viajero no era ni de lejos tan robusto como aquel sujeto, que tenía unos músculos propios de un campeón de boxeo y una espalda ancha; por el contrario, el cuerpo del trotamundos solitario era más flaco, pero su cuerpo era esbelto y ágil, algo que no podía decir la masa de carne que tenía en frente.

—Chaval—le retó intimidante—, más vale que te largues de aquí si no quieres que te parta en dos esa preciosa cara que tienes.

—Todo lo que quieras—sin inmutarse, el extranjero observó con sus ojos color verde hoja a aquel vigoroso hombre— pero no volverás a tocar a este crío.

Casi se pudo escuchar un clic en el momento que se lanzó contra el joven, como si en su cerebro se hubiese encendido algún tipo de mecanismo de ataque.

Con sus anchos brazos, lanzó puñetazos contra el viajero. Su técnica era tan torpe que poco tenía que hacer para esquivarlos; en un momento de descuido, el trotamundos solitario situó su mano derecha tras la cabeza del rival y la impulsó hacia abajo, fue entonces cuando estuvo a una altura adecuada para propinarle un rodillazo en la nariz.

Gritando y montando espectáculo, el antes gallito cayó al suelo sangrando por la nariz. A voces, mantenía las manos en su cara, retorciéndose de dolor en el suelo, implorando ayuda.

— ¡Mi nariz, joder, me la has roto!—repetía el irresponsable hombre mientras las risas de los que los rodeaban estallaban.

Sin reparar siquiera en aquel desgraciado, el “salvador” cogió a aquel niño en brazos y se lo llevó lejos de la vergonzosa escena que acababa de tener suceso.

«En mi habitación estará seguro.»

*****

7 de enero de 2284; 18:24 PM; Rockwell
.

Picaron tres veces a la puerta con los nudillos, los golpes fueron tan fuertes que hasta la lámpara de la habitación tembló. El trotamundos solitario estaba sentado en la cama al lado del pequeño; le había suministrado vendas y agua limpia que traía consigo y lo había dejado descansando tras la brutal paliza.

Ante el reclamo, el viajero se levantó y abrió la puerta, allí le esperaban dos hombres vestidos de negro, uno a cada lado de la puerta, con unas gafas tintadas, un traje oscuro e impoluto junto con una corbata bien planchada.

— ¿Sí?—dijo el extranjero, extrañado por la presencia de aquellas personas uniformadas.

—Lamentamos molestarle—el hombre de la derecha fue el primero en hablar, mientras su compañero se limitaba a observar—. El Tío Tom insiste en verle inmediatamente.

«Así que el famoso Tío Tom, eh…»—pensó para sí el joven mientras intentaba ver más allá de aquellos vidrios negros.

Sin mediar más palabra, los tres abandonaron el hostal y atravesaron todo el pueblo hasta llegar a una zona por la que no caminaba nadie, ya que no había nada más que una puerta pegada a un muro. Tras aquella entrada, el mundo era muy distinto.

Tras atravesar un oscuro pasillo que no tenía ninguna luz, se encontraron en una sala informatizada, donde cinco o seis operarios miraban de continuo unas pantallas de seguridad; por lo visto, había cámaras por todo el pueblo, tan bien escondidas que ni el mejor detective hubiese podido encontrarlas. El receptáculo estaba casi a oscuras; de no ser por el tenue brillo que ofrecían las televisiones y los botones rojos y azules de alguna máquina, no se lograría ver nada.

Los hombres de uniforme condujeron a su visitante a través de la negra habitación para que no se “perdiese”. Tras unos minutos de camino a través de penumbra, donde se albergaba la mayor parte de la tecnología que movía Rockwell día y noche. En aquellos lóbregos y poco iluminados pasillos se escondía el control de la noria, así como la vigilancia de todos los rincones del recinto, incluso del hostal; por lo visto, no había lugar que no estuviese cubierto por las cámaras de seguridad del equipo del Tío Tom.

En sus diez minutos de trayecto, el joven vio a más de cien personas trabajando en las salas tecnológicas, lo cual le impresionó, pues era mucha gente para controlar un lugar tan pequeño. Además, pocas veces había observado tanta tecnología junta fuera de La Ciudadela en Yermo Capital. Aquello no pintaba nada bien.

—El objetivo está entrando—dijo el mismo hombre que había hablado con el viajero minutos atrás.

Con la cabeza, ese mismo tipo le indicó que debía atravesar una puerta de madera, y, al mismo tiempo, que ellos no le acompañarían. El trotamundos no sabía qué iba a encontrarse tras aquella puerta, pero por debajo, por la rendija en la que no tocaba el suelo, se filtraba una luz.

Cruzó la puerta y sus ojos acostumbrados a la oscuridad fueron cegados por un brillo intenso. Cuando estos se hicieron a la claridad, lo primero que vio fue una lujosa habitación con cuadros en sus paredes, una cama ancha y monedas doradas tiradas por todos los rincones. Una lámpara de araña con incrustaciones de gemas colgaba del techo e iluminaba con fulgor la lujosa estancia. Los muros estaban cubiertos con un papel tapiz acorde a la decoración anticuada de la sala, en el que se describía una secuencia romboide con águilas en el dibujo.

En la cama había un hombre gordo y vestido solo con ropa interior. En su cuello lucía una cadena de oro con el símbolo del dólar. La cabeza de aquel tipo, redonda y fofa, estaba libre de pelo, y sus dientes se habían podrido hasta el punto de acabar negros. Al lado de aquel esperpento humano había una mujer asiática desnuda del todo; en el cuello tenía puesto un grillete. Estaba sentada contra el cabecero del lecho y tenía una jeringuilla pinchada en su brazo; parecía estar dormida, pero la palidez de su chupado rostro daba otra sensación.

— ¡Ah, eres tú!—el grasiento hombre señaló con su grueso dedo al recién llegado mientras cogía un puro de la mesita de noche y lo encendía con un mechero—. Bienvenido a mi humilde morada. Me llamo  Tom, pero por estos lares todo el mundo acostumbra a llamarme Tío Tom. ¿Cuál es tu nombre, mozo?

—Trotamundos solitario—respondió convencido el joven, frío como el hielo, mostrando desprecio por su anfitrión.

—Así que no tienes nombre, eh… mejor. Esto trata de negocios—se levantó de la cama con el puro en la boca a duras penas, pues su obesidad le impedía moverse del todo bien; se acercó a un escritorio de madera de roble y se sentó en su silla—. Ven aquí, mozo.

El viajero se sentó al lado opuesto de la lujosa mesa. Tom sacó dos vasos de cristal de un cajón, acompañados de una botella de Whisky Jack Daniels, cuya etiqueta estaba deteriorada por el paso de los años. Después sirvió la bebida en ambos vasos y cedió uno a su invitado.

—Verás—inició Tom, mientras daba un trago a su alcohol y luego una calada al puro—. He visto por las cámaras de seguridad lo que le has hecho a ese tipo que era el doble que tú. Estoy impresionado, la verdad. Pareces un tipo normal, pero creo que eres una máquina de matar o algo así.

— ¿A dónde quieres llegar?

El rollizo sujeto lanzó una risa de cerdo al aire mientras degustaba su fantástico puro, que de vez en cuando le hacía toser

—Es muy sencillo, mozo. Quiero que te unas a mi compañía de mercenarios en Rockwell.

Aquella contestación incluso ofendió al extranjero, que dibujó en su rostro un gesto de desaprobación total.

—No.

— ¿Estás seguro de eso?

—Lamento tener que declinar tu oferta, Tío Tom, pero, con todo el respeto posible… este sitio me produce arcadas.

—Eres un chico muy atrevido, ¿lo sabías?—terminó su Whisky de un solo trago tras escuchar las duras palabras que el trotamundos le había ofrecido—. Te quiero fuera de aquí mañana al amanecer.

Sin cruzar ninguna palabra más, el joven abandonó la estancia; cruzó la puerta y el corredor oscuro que atravesaba todas las instalaciones tecnológicas del lugar, hasta salir de aquel tenebroso ambiente y encontrarse fuera de los lóbregos pasillos.

El Pipboy marcaba las ocho y media; aquella conversación le había llevado bastante tiempo. Sin perder tiempo, puso rumbo al hostal. Sabía que aquella noche iba a ser movida.

Atravesó la multitud de gente que se amontonaba en el pueblo a aquellas horas y entró en su habitación. Allí le esperaba desnuda y dispuesta a todo Lydia, que había regresado, como había prometido.








¨vt¨
Capítulo IV: Coloso en llamas (Parte I)

Cada uno de nosotros tiene a todos como mortales menos a sí mismo.

Sigmund Freud; psicoanalista austriaco.


*****

7 de enero de 2284; 22:30; Rockwell
.

El perfume embriagador que Lydia llevaba inundaba toda la habitación mientras una sonrisa lujuriosa se dibujaba en su rostro. La mujer vestía un albornoz transparente que, de nuevo, dejaba a la vista todos sus encantos.

El extranjero, nada más llegó a su habitación, se encontró con un panorama similar al del día anterior: Lydia tumbada en la cama, deseosa de que le entrasen a matar.

Bajo la mirada de su amante, la recepcionista dio una calada a un cigarro que sostenía entre sus labios mientras con el dedo índice le indicaba que se acercase, pero frío como la escarcha que se acumulaba en las calles de Rockwell aquella noche, el trotamundos solitario se negó.

—Hoy no —dijo con frialdad el joven, que recordaba las palabras que Bill, el camarero, le había dicho—. Sé lo que eres.

—¿Qué?—El gesto sensual fue barrido por una palidez que rivalizaba con la nieve.

—Sé que eres una necrófaga. Ese camarero del bar que me recomendaste me lo contó.

Lydia se levantó y se cubrió sus vergüenzas con ambas manos como pudo. Sus ojos, azules como el cielo, se volvieron rojos, muestra de la irritación: estaba llorando.
A la recepcionista no había cosa que más la avergonzase que alguien la viese llorar. A pesar de seguir desnuda, se tapó la cara, dejando su belleza de nuevo a la vista.

—Yo no soy una necrófaga… —dijo entre sollozos mientras la incomodidad se expandía por el ya de por sí cargado ambiente.

En la habitación se hizo un silencio sepulcral; ninguno de los dos decía nada para romper la violenta situación.

El trotamundos solitario mantuvo su silencio, esperando una nueva reacción.

—¡Yo no soy ninguna sucia necrófaga!—gritó la mujer—. ¡Eso son todo mentiras!

—No me mientas. Ese tipo del bar, Bill, me lo dijo—El gesto del viajero se volvió más rudo—. Me contó que te falta una pierna por la radiación.

—¿O…otra vez…?—Su tristeza rápidamente se transformó en rabia—. ¡Será hijo de puta!

Lydia se tumbó en la cama y lloró de forma desconsolada mientras se abrazaba a la almohada de la cama. El extranjero se acercó y se sentó al borde.

—Entiendo tus carencias afectivas, pero…

Enfadada, la recepcionista se giró de forma brusca hacia su amante y le arreó un sonoro bofetón, acompañado de un grito.

—¡Tú no sabes nada de mí, subnormal!—A pesar de estar semidesnuda, salió a la recepción; dejó un sonoro portazo y se marchó enfadada.

8 de enero de 2284; 00:30; Rockwell
.

Toc, toc, toc. Alguien llamó a la puerta. Lydia se levantó, pasó la cadena de su puerta y asomó la cara por la pequeña rendija: allí estaba el trotamundos solitario.

—¿Qué coño quieres?—preguntó furiosa la mujer, con gesto amenazador.

—Lo siento, tienes razón. No sé nada de ti, y no debería haberme comportado así…

Aún con lágrimas en los ojos, la recepcionista abrió la puerta y dejó pasar a su visitante. En el fondo de su corazón, todavía tenía la esperanza de que aquel joven fuese distinto a todos los demás.

La habitación de Lydia era muy distinta a las demás. Sus paredes no tenían ningún papel tapiz ni pintura, sino que eran de cemento y estaban llenas de pequeños agujeros, frutos de la humedad y el paso de los años. Los armarios, viejos y destrozados, hacían juego con la cama. En el medio del receptáculo había una sola cama de 90x200; la colcha que cubría el jergón estaba sucia, y de su reluciente estado inicial no quedaba más que un gris oscuro, formado por el exceso de lavados. Encima del lecho había, para sorpresa del joven, una réplica de El Grito.

El trotamundos y la recepcionista se sentaron en la cama y se miraron el uno al otro durante tres minutos en completo silencio; aquello era una batalla por averiguar los pensamientos del otro.

—Quiero saber—acabó por decir el viajero—. Quiero saber sobre ti.

—¿Ah, sí?—Lydia sonrió halagada; era la primera vez que alguien le decía algo parecido.


El sol brillaba a lo alto de un bosque muerto, cuyos árboles ya no eran más que protuberancias negras y alargadas que salían del suelo. A lo lejos podía verse una cabaña abandonada al lado de un pequeño lago.

En medio del silencioso lugar, una niña corría y reía mientras otra iba detrás de ella, haciendo lo mismo. La primera era un poco mayor que la segunda y ambas llevaban puesto un mono de trabajo azul, de tela vaquera.

—¡Te alcanzaré!—gritaba sin cesar la pequeña, que, con los brazos extendidos, iba tras la otra.

—¡Eso ni lo sueñes!—reía la otra que, por más que la jovencita corriese, la mayor siempre era más rápida, y nunca le daba alcance; aquello se convertía en un juego sin fin, para diversión de las dos.

Al final, ambas se detuvieron y se abrazaron mientras caían rodando por una colina que las dejó en la orilla del lago, a punto de mojarse.

Se levantaron de nuevo, dispuestas a reanudar sus juegos.

—¡Lydia!—dijo la mayor—. ¿Qué te parece si ahora te escondes tú y yo te pillo?

De acuerdo con aquella idea, la chiquilla corrió a esconderse a un lugar donde su hermana no la encontrara nunca.

Lydia se escondió tras unos coches abandonados, en el medio de una carretera abandonada. Estaba tan emocionada con su pequeño escondrijo que olvidaba siquiera que jugaba con su hermana.

Tras horas de estar escondida, la niña salió. Caminó hasta el bosque donde antes reían y, para su sorpresa, no encontró a nadie, nada más que un rastro de sangre en el camino que llevaba al lago.

Asustada, Lydia siguió con cautela las manchas, que cada vez se hacían menos visibles. Cuando llegó a la colina, vio en la orilla del estanque a su hermana, tumbada boca arriba y rodeada de un charco de sangre.

—¡Eleanor!—gritó la niña con miedo, esperando una respuesta que no llegaba.

Decidida, Lydia bajó la cuesta a velocidad endiablada. A mitad de camino, sintió bajo su pie derecho un clic: algo explotó.

Cayó rodando sin poder detenerse. Clavó sus uñas en la tierra, pero la inclinación era demasiada y lo hizo inútil. Llegó abajo y chocó con el cuerpo de su hermana: estaba muerta y le faltaban las dos piernas.

Eleanor no respondía a las llamadas desconsoladas de Lydia, y esta se echó a llorar sin siquiera poder tenerse en pie.

Pasaron unas horas hasta que un hombre vestido con una bata encuentró a la pequeña y se la llevó consigo, cuando ya estaba a punto de morir desangrada.


La recepcionista se limpió las lágrimas con un pañuelo que guardaba en su mesita de noche.

—Sé que no me vas a creer, pero… —falta de aire, Lydia se refugió en el pecho del hombre, buscando consuelo, sin saber siquiera si la rechazaría.

—Te creo—Con gesto serio, el trotamundos solitario acarició el pelo de la mujer, intentando que dejase de llorar—. Eres una mujer muy fuerte.

La recepcionista, lejos de frenar su llanto, puso una cara de satisfacción al ver que alguien, al final, creía su desbaratada, aunque verídica historia.

Con delicadeza, Lydia acercó su cabeza a la del viajero y apoyó la frente contra la de él. Pronto surgió la chispa y sus labios se fusionaron en un cálido beso.

La ropa comenzó a estorbarles y en cuestión de minutos ambos estaban piel con piel, predicando un amor extraño y efímero. El joven sintió el tacto de aquella prótesis de plástico que la mujer llevaba en lugar de pierna. Las caricias y los toqueteos se hicieron presentes junto con gemidos y gritos.

8 de junio de 2284; 05:30; Rockwell
.

La puerta se abrió despacio. Dentro, el trotamundos solitario y su amante dormían abrazados. En la habitación se coló un hombre que caminaba de puntillas, intentando hacer el menor ruido. En la mano derecha llevaba un cuchillo de longitud considerable, empuñado en posición de ataque.

Llegó al borde de la pequeña cama, donde descansaba su objetivo. El misterioso personaje alzó el cuchillo, dispuesto a clavárselo al viajero.

Lydia, que había sentido un pequeño ruido, abrió los ojos como platos al ver que alguien había entrado en su habitación y llevaba un arma.

La mujer gritó muy fuerte, aterrada por la presencia del extraño. Por puro miedo, aquel dirigió el cuchillo a Lydia y le asestó dos puñaladas en el pecho; todo bajo la somnolienta mirada del trotamundos solitario, que había sido despertado por el ruido.

Cuando se dio cuenta de lo que sucedió, era demasiado tarde para evitarlo. La recepcionista dejó de gritar y en su gris colcha se formó un charco rojo profundo.

Cuando el hombre se dirigió a apuñalar al viajero, le fue imposible traspasar su defensa. Con la mano izquierda desvió el arma mientras le propinaba un puntapié en plena cara, todo sin levantarse siquiera de la cama.

El extranjero se irguió y agarró al malherido extraño por el cuello. Sacó una navaja de una funda que llevaba en el tobillo y se la puso en la yugular.

—Ya me estás diciendo quién coño eres y las razones por las que no debería rajarte.

—¡Tío, no te alteres, yo solo sigo órdenes del Tío Tom!—Con miedo, el mercenario comenzó a gimotear y a suplicar casi en un idioma inentendible.

Al escuchar que el Tío Tom estaba inmiscuido en el asunto, pero más al ver cómo Lydia se desangraba sin que él pudiese evitarlo, estalló de rabia. La navaja perforó sin piedad el cuello del asaltante cerca de quince veces; murió a los pocos segundos de recibir la primera.

—¡Lydia!—dijo asustado el viajero, que se arrodilló al borde de la cama y la cogió de la mano.

Pero no hubo respuesta. El rojo ya teñía casi toda la manta y los ojos de la mujer se perdían en el vacío del sucio techo.

8 de enero de 2284; 10:30; Rockwell
.

A pesar de haber pasado solo cinco horas desde la muerte de Lydia, el trotamundos solitario se había movilizado por todo el recinto dando la noticia, sin conceder ningún detalle más que un ladrón se había colado en su habitación y la había apuñalado al ver que ella se había despertado.

«La mentira se hace aún más difícil de soportar» pensó el joven mientras daba un trago a una botella de whisky que había pedido en el Hígado de acero.

Cinco horas, ese era el tiempo que había tardado el extranjero en difundir la noticia, y organizar un pequeño funeral.

Todos habían aportado su pequeño grano de arena: el herrero talló una cruz de acero con su nombre, Bill cedió su bar para organizar el velatorio; algunos de los tenderos se movilizaron para cavar un hoyo en el que enterrar a la joven, al lado del hostal al que había dedicado su vida…

A las diez y media de la mañana, todo el pueblo se encontraba en el bar esperando por el padre Penalty, que era el encargado de la misa.

Las caras de los asistentes reflejaban múltiples emociones: tristeza, alegría, resentimiento, aflicción… de entre todas ellas destacaba, precisamente, la de Bill Adams, dueño de la tasca local. Estaba en la barra, limpiando los vasos sin poder contener las lágrimas, aunque tampoco se molestaba en ocultarlas.

Muchos de los niños, a pesar de las órdenes recibidas, estaban en el velatorio dándole su último adiós a la mujer. Lo que el trotamundos solitario no sabía era que Lydia dedicaba parte del dinero que ganaba con su hostal a comprar comida para los pequeños, víctimas de la esclavitud del Tío Tom.

Incluso pálida y tiesa, Lydia estaba espectacular. Una modista le había dado su vestido más hermoso a la mujer para que se fuese con dignidad. Sus labios, blanquecinos y cortados, estaban embadurnados con pintalabios color carmín. Llevaba unos pendientes de aro color plata.

Algunos subieron al pequeño altar improvisado para decir unas palabras y despedirse de la recepcionista, incluso dejando objetos de valor dentro del ataúd abierto.

La modista dijo cosas muy buenas de Lydia, y maldijo al hombre que se la había llevado sin piedad. Un joven caravanero contó la anécdota de cómo se había enamorado de Lydia, y a su vez, de cómo ella le había rechazado por ser demasiado “zagal”, según explicó.

Pero el testimonio que más lágrimas hizo brotar fue el de Bill, el camarero. Explicó cómo, a lo largo de su vida, había intentado salir con Lydia. Estaba como loco por ella, y le hacía regalos cada mes, cosa que incomodaba a la mujer. Contaba cómo le decía que no por su cercanía, porque no quería atarse a nada ni a nadie: quería ser una chica libre.

Cuando el padre Penalty se retiró, los asistentes llevaron la caja al hoyo que habían cavado poco antes. El trotamundos solitario se encargó de enterrarla, pala en mano, y el herrero clavó la cruz que había forjado al lado de la fosa, marcando el lugar.

Todos se marcharon cuando comenzó a lloviznar. Todos menos el viajero, Bill Adams y el niño que dos días atrás le había pedido ayuda en el bar. Los tres miraban la tierra removida, ahora humedecida por la repentina tormenta.

—Oye, tío—fue el barman el que rompió el silencio—. Lamento haberte dicho aquello de Lydia. Yo… me sentía muy celoso… y…

Unas lágrimas repentinas le impidieron continuar su disculpa. Su garganta se cerró y tan solo pudo emitir un sonido quejumbroso que nada tenía que ver con palabras.

—Tranquilo—dijo el extranjero sin dejar de mirar la recién cavada tumba—. Pagará por esto.

Bill despegó su cara de la manga de la chaqueta con la que se secaba las lágrimas para dedicarle una mirada de curiosidad al hombre.

—¿Pero… no lo habías matado?—Entre sollozos, el camarero tartamudeó mientras intentaba completar su frase.

—Al títere. El auténtico artífice de esto sigue vivo.

El tabernero enmudeció al escuchar aquello.

—… Tom.

Bill palideció y luego volvió a tomar color mientras sus mejillas enrojecían de la ira.

—Perdone, señor—intervino el crío, cortando la conversación entre los adultos—. Estamos listos para su plan.

El dueño del bar miró extrañado a los dos, primero al pequeño y luego al extranjero.

El trotamundos solitario se protegía del frío con el cuello alzado de su chaqueta de cuero, mirando impasible la tumba de Lydia. Tras unos segundos de silencio, apoyó su mano en el hombro de Bill.

—Necesito botellas de whisky, muchas.


Última edición por SpeedMetalPunch el Mar 26 Jul 2016, 21:16, editado 1 vez
avatar
SpeedMetalPunch



Mensajes : 41
Chapas : 80
Carisma : 14
Reputación : 100%
Soy : Masculino

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  SuperVisor el Lun 20 Jun 2016, 17:34

Muchas gracias por el nuevo capitulo, no lo he podido unir al primer mensaje porque se excede del tamaño permitido.

Cuando tengas más capítulos ya buscaré alguna idea para poder juntarlos todos.

Muchas gracias por compartir esta historia con nosotros. Esperamos el siguiente. ·ok·
avatar
SuperVisor



<b>Staff del foro</b> Staff del foro : Administrador/a
Mensajes : 1215
Chapas : 1413
Carisma : 138
Reputación : 100%
Soy : Masculino
Ítems : x2

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  SpeedMetalPunch el Mar 26 Jul 2016, 22:23

Actualizada la historia. Espero vuestros comentarios, muchas gracias a todos.

Lamento mucho la inactividad. Como sabéis, es verano aquí en España, y pues es lógico que quiera aprovechar mi tiempo al máximo. Sea como fuere, en mi último mensaje encontraréis el capítulo IV: Coloso en llamas (parte I).
avatar
SpeedMetalPunch



Mensajes : 41
Chapas : 80
Carisma : 14
Reputación : 100%
Soy : Masculino

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  SpeedMetalPunch el Jue 28 Jul 2016, 17:52

¡Muy buenas! Me reporto de nuevo con el quinto capítulo de mi historia que, aunque avance a paso de tortuga, creo que sigue una buena línea. Pero ya sabéis lo que dicen: lento pero seguro. Gracias al Supervisor por su magnífica idea de unir los capítulos y darme ese encabezado tan impresionante para los títulos de las secciones. Sin embargo, a partir de ahora continuaré con un capítulo por respuesta. Es decir, antes tenía como tres o cuatro capítulos en una sola respuesta; pues bien, ahora solo tendré uno. Me encantaría no ser el único que escribe, y tener algún compañero forista cuentacuentos, como yo, pero, a falta de una sección Fan Fic de Fallout (que a mi juicio atrae a la gente) seguiré desarrollando mi descabellada historia. Un saludo y espero disfrutéis con este Spin Off de Fallout 3, ¡os quiere Speed Metal Punch!








¨vt¨
Capítulo IV: Coloso en llamas (Parte II)

Usar la venganza con el más fuerte es locura, con el igual es peligroso, y con el inferior es vileza.

Pietro Metastasio; poeta italiano.



8 de enero de 2284; 11:30; Rockwell.


Bill dejó caer el vaso de chupito a plomo sobre la mesa de madera, haciendo un sonido fuerte y estridente, mientras dibujaba en su rostro un gesto de satisfacción.

El bar estaba casi vacío. Quitando a su camarero, al trotamundos solitario y al chico, solo estaba una prostituta ligera de ropa que bebía una cerveza.

La reunión clandestina de los tres se intentaba llevar a cabo con discreción, pues el Tío Tom seguro estaría atento a todos los movimientos del extranjero.

—¡Pero eso es una locura! —susurró Bill, al que se le empezaban a enrojecer las mejillas por el alcohol.

El viajero, ante el escepticismo del tabernero, solo afirmo con la cabeza un par de veces antes de pasarle una servilleta pintada. A primera vista, no era más que un trozo de papel con borrones, pero si se miraba con detenimiento, podía verse el mapa de Rockwell detallado al completo.

Bajo la estupefacta mirada del barman, el niño señaló con su mugriento dedo los lugares clave para que se desarrollase la operación: la guarida de los mercenarios, la entrada al refugio de Tom y, sobre todo, la noria.

—Su colaboración es muy importante, señor —añadió el pequeño mirándolo a los ojos, clamando libertad.

Bill hizo un mohín: no estaba de acuerdo con aquello, si le cogían lo matarían. Antes de rechazar del todo el plan recordó el rojo pelo de Lydia, que ondeaba al viento siempre que ella salía a dar un paseo. Eso le hacía sonreír: la belleza de la mujer que le correspondía y con la que soñaba; ahora estaba muerta. Cada vez que lo recordaba, sus ojos se llenaban de lágrimas.

«Es injusto… totalmente injusto» se decía una y otra vez, mientras ahogaba sus penas en una botella de ginebra.

El joven trotamundos estaba a su lado, ausente, perdido, distante. Cruzaba sus brazos sobre la chaqueta de cuero negra y escondía el rostro en el cuello alzado de su chupa, avergonzado por no haber llegado a tiempo en ayuda de Lydia. Sus ojos cerrados enfocaban al suelo, intentando que nadie se fijase en él; era tan cómplice de la muerte como el que la había asesinado.

Pasaron diez minutos en los que ninguno de los tres habló. El plan estaba en marcha, solo tenía que caer la noche para ejecutarlo con absoluta precisión.

8 de enero de 2284; 12:15; La Ciudadela, Yermo Capital.

El Elder Lyons caminaba lo más rápido que podía, atravesando el Anillo A de La Ciudadela como si la vida le fuese en ello. En su avance dejaba atrás a Caballeros y Escribas, que lo observaban con curiosidad.

Llegó al Rincón de la Tropa con gesto serio. Los dos hombres que hacían guardia constante ante aquella puerta saludaron gustosos a su líder, que les respondió con un ligero gruñido inentendible.

La Tropa estaba debatiendo sus tácticas y objetivos cuando la puerta se abrió de par en par. Todos miraron al viejo Lyons y se levantaron al instante, formando frente a él.

—Me gustaría hablar con mi hija a solas, si es posible —dijo con las manos entrelazadas en su espalda.

Los Caballeros rompieron filas y salieron de la habitación, dejando sola a Sarah con su padre. La cara de preocupación de la Centinela se acentuó cuando vio el gesto serio del recién llegado.

—Hija, hace ya dos días que el Paladín Solitario no se reporta en La Ciudadela… ¿hay algo que deba saber?

—Pues verás, papá, yo… —La chica se puso roja y comenzó a sudar. Rodó los ojos buscando una excusa creíble mientras sentía cómo la penetrante mirada de su padre se le clavaba—, no quería decírtelo, pero vi cómo se suicidaba en el río y se lo comía un Hombre Pinza… —No pasaron más que unas milésimas de segundo hasta que la chica se dio cuenta de la estupidez que acababa de decir.

«Sonaba mejor en la carta… —pensó.»

El Elder Lyons soltó una sonora carcajada de ironía. Después esbozó un mohín de decepción y salió de la estancia sin siquiera decirle nada a Sarah, que lo observó con ojos tristes y llorosos.

—¡Espera, papá! —gritó la Centinela, reclamando la atención de Owyn, que avanzaba sin girar la cabeza. Después de un par de minutos corriendo tras él, logró que le hiciese caso.

—¿Tienes algo que decir? —espetó el viejo, sabiendo que lo que le había contado era mentira.

—No quería engañarte, es solo que… —Sus mofletes enrojecieron ante la atenta mirada de su padre; sentía que le había fallado—, él me dijo que no te lo contase… se ha ido a buscar a su hermana, a Seattle.

A pesar de la rotunda noticia, el Elder no se enfadó ni hizo ningún gesto de rabia, solo se giró y siguió su camino.

Al instante, Sarah comprendió que lo que le había contado ya lo sabía, y por ello no era ninguna sorpresa para él.

La mujer pasó las manos por su rubio cabello, las dejó en la nuca y suspiró con fuerza, como intentando olvidar lo que acababa de suceder hacía apenas un momento.

8 de enero de 2284; 19:30; Rockwell.

Como era costumbre en esas épocas, la noche ya había caído a horas tempranas y el viento frío comenzaba a alejar a la gente de las calles; los inviernos nucleares eran aún más duros.

Las luces públicas del recinto se encendieron y los niños se resguardaron donde pudieron de la inminente lluvia de pedrisco, que destrozaba ventanas y tejados por igual.

A pesar del tiempo, algunos «locos», como los llamaban los mercenarios, seguían haciendo cola tras la monstruosa noria, que giraba y se traqueteaba con violencia debido al fuerte viento.

El bar estaba lleno a aquellas horas del día, y Bill no daba abasto con tanto reclamo. Servía él solo la barra y también las mesas. En la demora del camarero, algunos se impacientaban y comenzaban a vociferar e injuriar.

—¡Que ya voy, joder! —gritaba el ocupado tabernero, que iba de un lado a otro con una bandeja de aluminio en la que llevaba las bebidas.

Todo aquello bajo la mirada del trotamundos solitario, que estaba sentado en la barra, conversando con Bill cuando le daban tregua. Allí, concentrado en una cerveza, el extranjero repasaba punto por punto su infalible plan. Cada cinco minutos daba un trago a la bebida y luego seguía mirando atontado la desgastada etiqueta de la botella, una Heineken, cuyo color verde se había transformado en amarillo pálido.

«El niño tiene que estar ya en su sitio, preparado para hacer su parte. Espero que Bill no se raje o tendré que hacerlo yo todo, y…» pensaba todo el rato el joven, sin distraer su mente ante el bullicio de fondo, que molestaría hasta al más pacífico.

Una alarma comenzó a sonar: era su Pipboy, que marcaba las siete y media. Había puesto una alarma para que no se le pasase la hora. El viajero se levantó del taburete y le dio un toque en la espalda a Bill, que justo estaba atendiendo una mesa. Levantó la mirada para ver cómo su compañero salía por la puerta, a la que se quedó mirando unos segundos después de que el trotamundos hubiese salido.

«No pienso fallar… por Lydia.» se dijo mientras dejaba una botella de whisky en la mesa.

*****

Nada más salir, el joven se encontró con una pequeña cuadrilla de cinco mercenarios que le esperaba. A pesar del frío, todos llevaban como única vestimenta una camiseta de tirantes roja y unos vaqueros ajustados.

—¿No te dijeron ayer que te fueras, chaval? —dijo el más fuerte, que tenía pinta de ser el jefe.

—Es lo que iba a hacer… ayer —Con tono de voz amenazador dio un paso adelante, quedándose en el primer escalón.

Los cinco hombres comenzaron a reír a modo de burla. Gritaban y escandalizaban con sus atronadoras voces.

—Mira chaval, no nos toques los cojones —añadió de nuevo el jefe cuando todos dejaron de reírse—. Te estamos dando la oportunidad de largarte de aquí, así que más te vale que la aproveches.

El extranjero observó las fundas con fornituras, que guardaban sus armas cortas. Echó un rápido vistazo a las complexiones de los cinco hombres y retrocedió.

—¡Pero bueno! Casi se me olvida que yo iba a llevaros unas cajas de Whisky a los mercenarios —En una pequeña escena teatral, mitad burla, mitad plan, el trotamundos volvió dentro ante las incrédulas miradas de los hombres, que murmuraban entre ellos si aquel tipo estaría loco.

Al cabo de cinco minutos, el joven salió de nuevo de la tasca con cuatro cajas de alcohol. Cada una de ellas contenía ocho botellas de 75 centilitros. A los mercenarios se les hizo la boca agua, tanto, que olvidaron su misión de amedrentar al chaval y se llevaron su recién adquirido botín sin discutir nada más.

«Hay que ser imbécil —concluyó el viajero, que miraba incrédulo cómo los mercenarios se llevaban las cajas.»

8 de enero de 2284; 22:00; Rockwell.

«Comienza el asalto —dijo en bajo el niño que había ayudado al trotamundos.»

Era la hora marcada para ejecutar el plan: las diez y media acababa de dar la torre del reloj del pueblo.

Tres chiquillos esperaban frente al acceso a las instalaciones del Tío Tom cuando el extranjero apareció, embutido en un atuendo de mercenario.

—¿Está todo listo? —preguntó el viajero, ajustándose bien en su cuello la camiseta sin mangas.

Los tres afirmaron sonrientes, deseando que todo saliese bien.

Sin mediar ninguna palabra más, accedió al lugar. De nuevo se sumergió en la oscuridad de aquella sucesión de pasillos, intentando pasar inadvertido ante los operadores de las máquinas que, ajenos a su presencia, seguían con la vista pegada a las pantallas, vigilando los recovecos de aquel lugar.

Caminó sin hacer demasiado ruido y sin levantar sospechas, hasta que se plantó frente a la pesada puerta de pino que ayer había visto, y a cada lado de aquella, los dos hombres de traje negro que le habían escoltado.

«Vamos allá.»

*****

Bill se plantó frente a la noria. Miraba con ojuelos temblorosos la atracción, sintiendo el miedo que un crío pequeño tenía cuando hacía algo mal; el camarero no era un hombre violento. Sus piernas, temblorosas, avanzaban al ritmo de Für Elise, de Beethoven, mientras en su brazo derecho sostenía una lata roja.

«Cálmate, todo saldrá bien —se repetía mientras avanzaba a paso lento, con sudor en la frente.»

La noria tenía en cada uno de sus asientos unas luces de colores que parpadeaban sin parar al son de su hipnótico giro de trescientos sesenta grados.

El tabernero se acercó al feriante que estaba frente a la atracción y sacó una pistola del interior de su chaqueta, clavándola contra el hombrecillo, que tragó saliva.

—Baje a todo el mundo —Bill apretaba cada vez más el arma contra el pecho del feriante.

—P…pero… —balbuceó con torpeza, sintiendo el cañón del arma cada vez más cerca.

—No rechiste, no quiero tener que hacerlo yo —amenazó con voz ronca. El camarero esbozó una sonrisa traviesa; parecía estar divirtiéndose con aquello.

Sin perder un instante, el pequeño hombre se acercó a los controles de aquel monstruo mecánico para acelerar el viaje y bajar a todas las personas que estaban subidas; en dos minutos la atracción estaba despejada, ante las quejas de los que hacían cola.

—¡Por favor, tranquilícense!, es solo un fallo puntual, la noria volverá a estar en funcionamiento dentro de unos minutos —gritaba el feriante, sabiendo que aquello era mentira.

Bill alzó la mirada y después la dirigió a su alrededor: ningún mercenario a la vista. Entonces la devolvió a las alturas de la noria. Se acercó a la base de la atracción, que estaba hecha de madera, abrió la lata y vació su contenido sobre ella.

Tras tirar el bote a un lado, sacó de su gabardina una cajetilla de tabaco. Retiró la pegatina que lo cerraba y cogió un cigarrillo de su interior. Se lo puso en la boca y lo encendió con un Clipper azul. Dio una calada, lo suficiente como para encenderlo y hacer que no se apagase. Saboreó la menta de aquel viejo cigarro mientras pensaba en el rojo cabello de Lydia en un día de viento suave, que lo mecía como si bailase al son de un ballet perfecto.

Sujetó su cigarro entre los dedos índice y corazón, mientras con el pulgar lo agitaba con suavidad para quitar la ceniza sobrante. Tras aquello, lo lanzó al líquido, que empezó a arder con rapidez.

Bill suspiró. Aquel fuego no aplacaron el dolor que sentía. Aunque aquella noria ardiese hasta sus cimientos, ella no volvería.

En cuestión de minutos, toda la estructura estaba en llamas; la noria era historia.

*****

La puerta se abrió despacio. El trotamundos solitario asomó el ojo por la rendija y vio dentro al Tio Tom, sobre la mujer china, que ponía cara de asco ante los lametones que le daba.

Cruzó el umbral que separaba el oscuro pasillo con la lujosa habitación y cerró tras de sí, produciéndose un clic cuando el pestillo llegó a su posición y se encajó en el agujero.

El sonido hizo que Tom girase la cabeza. Su cara, gorda y ancha, perdió todo rastro de color cuando vio en la habitación a aquel joven.

Nada más entrar, limpió sus botas en un felpudo que había a la entrada; aquel quedó rojo.

Se apartó rápido de la cama, tanto que cayó de espaldas al suelo. Su enorme tamaño le impidió moverse con claridad y el viajero puso el pie sobre su cuello.

—Por favor… no… tengo dinero… puedo… —gimió como pudo aquel personaje, intentando aflojar la presión que el extranjero hacía con su pie.

—No quiero dinero. Quiero venganza —Los ojos rojos del trotamundos, mezclados con su tono de voz, asustaron a Tom más todavía.

Sin mediar ninguna palabra más, de su chaqueta de cuero sacó una pistola con silenciador y disparó seis veces al cráneo del gordo. Sus sesos se desparramaron por la habitación y el rojo intenso de la sangre manchó la pared.

La mujer que estaba sobre la cama, encadenada con un grillete en su cuello, gritó de alegría. El joven rebuscó en los cajones del escritorio de Tom hasta que encontró una llave con la que abrir la cadena, liberando así a la prisionera.

Cuando el viajero abandonó la habitación y cruzó de nuevo los lóbregos pasillos, no vio a ningún operador. Al salir del búnker, lo primero que notó fue el olor a quemado que llegaba desde algún lugar. Se adentró en el pueblo y allí estaba: la noria, envuelta en llamas.

Las mujeres gritaban, los niños lloraban, y los hombres se hacían los importantes, diciéndoles a todos los demás que no se acercasen mucho.

A lo lejos, el trotamundos distinguió la figura de Bill entre la muchedumbre. Se acercó a paso lento y le tocó el hombro. El camarero pegó un salto, y luego sonrió al ver que ambos lo habían conseguido.

—Esto merece un trago —dijo el camarero, caminando hacia su bar, seguido de cerca por su nuevo amigo.
avatar
SpeedMetalPunch



Mensajes : 41
Chapas : 80
Carisma : 14
Reputación : 100%
Soy : Masculino

Volver arriba Ir abajo

Re: Trotamundos solitario: Leyenda del Yermo [Fanfic]

Mensaje  Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.